experimenta
espacio de experimentación. busco reinterpretar el mundo, según mis representaciones internas.
19/03/2026
11/03/2026
Hace unos días me encontré navegando por esas tiendas virtuales llenas de ofertas permanentes. Ya saben cuáles: páginas donde todo parece barato, donde siempre hay un contador que dice “termina en 2 horas”, donde cada producto tiene un descuento gigante y donde uno entra a mirar una cosa y termina con diez en el carrito.
Y mientras miraba todo eso me acordé de una anécdota bastante vieja.
Corría el año 2000. En ese momento empezaba a abrirse el mercado laboral para las personas con discapacidad visual, y uno de los rubros que aparecía como prometedor era el de los call centers. El Programa Nacional de Discapacidad abrió un curso de operador telefónico y telemarketer para capacitar gente.
Yo me anoté. La verdad es que no tenía muy claro de qué se trataba todo ese mundo.
El curso tenía varias materias. Había manejo del idioma español, que me encantaba, porque estudiábamos el significado de las palabras. Eso para mí era fascinante. También teníamos atención al público, donde aprendíamos técnicas para captar la atención del cliente durante una llamada. Ahí descubrí algo muy valioso: la importancia de la escucha activa. Curiosamente, esa herramienta me sirvió mucho más para la vida que para vender.
Pero también había una clase de marketing. Marketing puro y duro.
Y ahí fue donde tuve mi pequeño choque con la realidad.
Un día el profesor explicó que nuestro trabajo como telemarketers era generar necesidades en la gente para poder venderles. Dijo la frase con total naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo.
A mí eso me sonó rarísimo.
Entonces levanté la mano y le pregunté algo que en ese momento me parecía totalmente lógico:
“¿Por qué vamos a generarle una necesidad a una persona si esa persona está bien así como está?”
El profesor me miró con sorpresa. Intentó explicarlo otra vez. Habló de estrategias, de posicionamiento, de persuasión. Pero yo seguía sin entender. Volví a preguntar básicamente lo mismo.
Finalmente cerró la explicación con una frase muy clara:
“Bueno… pero estamos en una clase de marketing.”
Como diciendo: el desubicado era yo.
Esa escena se me quedó grabada para siempre, porque fue la primera vez que entendí con bastante claridad cómo funciona una parte del mundo comercial.
Muchos años después, navegando por estas tiendas virtuales llenas de ofertas infinitas, me acordé de esa clase.
Porque todo ese ecosistema funciona exactamente con la misma lógica: crear la sensación de que necesitamos algo que cinco minutos antes ni siquiera sabíamos que existía.
Contadores que se terminan.
Descuentos enormes.
“Últimas unidades”.
Ofertas relámpago.
Promociones que aparecen justo cuando estabas por cerrar la página.
Es una ingeniería bastante sofisticada para activar impulsos.
Por eso, cada vez que miro esas páginas trato de hacerme una pregunta muy simple:
¿Lo quiero o lo necesito?
No es una pregunta moral. No tiene nada de malo comprarse algo porque a uno le gusta. El problema aparece cuando confundimos el deseo propio con una necesidad que alguien nos instaló.
A veces la respuesta es: lo quiero.
Perfecto, adelante.
Pero otras veces la respuesta honesta es: en realidad no lo necesito para nada.
Y esa pequeña pausa ya cambia mucho la forma de comprar.
Porque en ese momento uno deja de reaccionar al marketing y vuelve a decidir por sí mismo.
En un mundo donde hay tanta maquinaria dedicada a convencernos de cosas, hacer compras con honestidad es casi un pequeño acto de rebeldía. #
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