Berta Clips

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14/07/2026

Mi marido se sometió a la vasectomía y 2 meses después salí embarazada 🥹😡⚠.

Y todavía falta lo peor, porque en la ecografía me enteré de algo que me dobló más que su abandono.

Me llamo Paulina Treviño.

Y si creen que ya saben de qué lado está la culpa, espérense a terminar.

Víctor Mendoza salió del hospital caminando despacio, con esa mezcla de molestia y orgullo que luego traen algunos hombres cuando hacen algo que según ellos los vuelve responsables.

Lo llevé a casa.

Le puse un cobertor doblado en la sala para que no subiera la escalera de golpe, le acerqué agua, le calenté sopa y hasta le recordé sus pastillas.

Él se reía, decía que ahora sí el tema de los hijos estaba resuelto, que ya no habría sustos.

Dos meses después, me desperté con el estómago revuelto.

Fui a la cocina, abrí el refrigerador y el olor a leche me dio una náusea tan fuerte que tuve que correr al baño.

Me quedé sentada contando los días, haciendo cuentas que no quería hacer.

Compré la prueba en una farmacia de Cumbres García y cuando salió positiva, un frío repentino me recorrió las manos.

No por vergüenza, por desconcierto.

El médico sí le explicó a Víctor que la vasectomía no funcionaba de inmediato.

Le habló de esperar, de cuidarse, de una confirmación después.

Pero él oyó lo que quiso, se quedó con la idea de que ya estaba “protegido” desde ese mismo día.

Yo también supuse que había entendido.

Ese fue mi error.

Fui sola al consultorio de la doctora Rebeca Castañeda.

Me revisó y me dijo que sí, que estaba embarazada.

Sentí susto primero, luego una alegría chiquita, porque era mi bebé.

Un minuto limpio en mi corazón antes de que Víctor me destrozara la noticia.

Llegué a la casa y le dije que teníamos que hablar.

Él veía la tele sin interés.

Me senté en la orilla de la cama y le solté la noticia.

No terminé de decir la última palabra cuando se levantó de golpe con una cara de asco.

“Eso no puede ser mío”, me dijo.

Le expliqué lo de las indicaciones, lo del tiempo de espera, pero ya no oía.

Empezó a caminar de un lado a otro, a decir que no lo viera la cara, que él no era ningún tonto.

Cuando un hombre decide que su orgullo vale más que la verdad, solo busca cómo castigar.

Y Víctor me quiso castigar desde ese instante.

Esa noche agarró una sábana y se fue al cuarto de tiliches.

Al día siguiente ya no estaba.

Se llevó ropa, zapatos, su laptop y dejó una hoja doblada sobre la mesa.

Con su letra decía que no iba a hacerse cargo de una historia que no le pertenecía.

Lloré de coraje.

Luego noté que la cajita de madera con nuestras argollas tampoco estaba.

No se llevó dinero de la casa.

No se llevó la licuadora.

Solo se llevó lo que más dolía.

Entendí que el hombre con el que me casé había decidido ser cruel.

La vecina Nora Paredes me encontró sacando la basura y me lo dijo: Víctor andaba instalado con Jimena Salgado, su compañera de trabajo.

Los había visto entrar y salir de un departamento.

El hombre que me acusó de traición ya tenía reemplazo listo.

En el supermercado los vi en el pasillo de limpieza.

Él incómodo, ella con el cabello arreglado y una sonrisa miserable.

Me miró el vientre y soltó un “Hola, Paulina” como quien ocupa un lugar que no es suyo.

Víctor volteó a ver detergentes.

Apreté el carrito y me fui sin decir nada.

En el coche me quebré con la frente en el volante.

Decidí que no le iba a rogar nada a Víctor Mendoza.

Ni amor.

Ni fe.

Y su apellido para mi hijo, imposible.

Mi mamá, Ofelia Treviño, me vio llegar con los ojos hinchados.

No hizo preguntas grandes, solo me sirvió un té.

Al día siguiente se mudó conmigo con dos cambios de ropa y su bata.

Su sola presencia quitaba el eco de casa abandonada.

Las semanas fueron pesadas: náuseas, tristeza, encontrar una camisa suya me dejaba deshecha.

Y de él, solo un mensaje seco diciendo que no contara con él para nada.

Mi mamá me quitó el celular y lo puso boca abajo: “Ese hombre ahorita no merece ni tus lágrimas de hoy, hija. Guárdalas para lo que sí importa.”

Llegó la mañana del primer ultrasonido.

Yo iba nerviosa, con miedo de que algo estuviera mal.

Mi mamá fue conmigo.

En el consultorio, la doctora Castañeda puso el gel y empezó a mover el aparato.

Mi mamá estaba a mi lado, sosteniéndome la mano.

De pronto la doctora se quedó callada, se acercó más a la pantalla, frunció el ceño apenas.

Le pregunté si todo estaba bien.

No contestó enseguida, volvió a mirar.

Respiró hondo.

Y dijo en voz baja que en la pantalla se veía más de uno.

14/07/2026

Me acosté con mi exesposa después de casi 3 años divorciados, vi una mancha roja al amanecer y un mes después me hablaron del hospital de Cancún 🥶😱❗.

Me llamo Luciano Escamilla.

Y si me van a juzgar, espérense a terminar.

Tomasa Aguirre y yo no nos separamos por una traición.

Fue desgaste.

Lo diario.

Dos personas que dejan de hablarse de verdad.

Al firmar, ya estábamos rotos.

Eso fue lo peor.

Ella se fue a Quintana Roo por trabajo.

Una cadena hotelera en Cancún.

Seguí viviendo en la capital.

Yo en una constructora.

Reviso proyectos, papeles, retrasos.

Nos dejamos de hablar.

Un mensaje suelto.

Un trámite.

Casi 3 años.

Yo ya estaba en otra vida, con Susana Robles.

Con ella había calma, orden.

Una versión presentable de mí.

Por eso lo que hice pesa más.

Hace un mes fui a Cancún 2 días por trabajo.

Un terreno, reuniones, un arquitecto necio.

Llegué centrado.

Sin fantasía.

Ni idea de si ella seguía allá.

La primera noche, cansado, salí a caminar.

Atravesé la zona hotelera.

Entré a un bar discreto.

Me senté.

Pedí una bebida.

Y la vi.

Primero de espaldas.

El ademán de arreglarse el pelo.

El hombro inclinado.

Esa quietud cuando algo no le interesaba.

Hay rostros que no se borran.

Me acerqué con una vergüenza rara.

Ella volteó.

Impacto.

“Luciano”, bajito.

Me senté.

Nos miramos con la intimidad de quienes conocen todos los secretos del otro.

Hablamos de lo obvio.

Del trabajo, del calor, de los años.

Luego salieron recuerdos.

Pequeñas manías.

Nos reímos.

Y me dolió porque fue natural.

Yo no la había superado.

No como presumía.

Ella estaba distinta.

Se distraía, miraba al vacío.

Me di cuenta y me quedé.

Hablamos del divorcio sin pelear.

Aceptamos errores.

“Nos soltamos demasiado pronto y demasiado tarde”, dijo.

Entendí perfecto.

Cuando casi era medianoche, Tomasa quiso dar un paseo por la arena.

Pude negarme.

No lo hice.

Salimos.

La playa tranquila, mar de fondo.

Caminamos cerca.

Ella extrañaba quien era antes de romperse.

Se detuvo, me miró con deseo y cansancio.

Nos besamos como quien toma una noche prestada.

Regresamos al hotel.

Ocurrió lo inevitable.

Intimidad, torpeza, memoria.

Por horas fingí que nada existía.

Ni el divorcio.

Ni Susana.

El tiempo se había diluido.

Y lo destruido no dolía.

Dormí tarde.

Con esa paz que dura un suspiro.

Al amanecer, ella estaba sentada en la orilla, agotada.

Quiso sonreír.

Falló.

Vi la mancha roja.

En la cama.

No enorme.

Suficiente para helarme.

Tomasa siguió mis ojos y se cerró.

Se vistió con prisa.

Dijo que era tarde, que no armara historias.

Como si yo exagerara.

Le pregunté si estaba bien.

Respondió que sí, que nada.

Entró al baño, salió evadiéndome.

Algo privado la urgía.

Antes de salir, pidió: “No me busques. Fue una noche. Déjala ahí”.

Y se fue.

Me quedé en la cama, usado, miserable.

Sospechaba que aquello no era por mí.

Le escribí después.

Silencio.

Llamé.

Buzón.

Otro mensaje, doble palomita, cero respuesta.

Ese silencio tenía cuchillos.

Regresé a la rutina.

Reuniones, obra, tráfico.

Susana preguntando.

Yo esquivando.

No confesé Cancún.

Me decía que fue una recaída, una mancha explicable.

Pero no lo solté.

Revisaba el chat, el “leído”.

Culpa y rabia.

Ni siquiera me bloqueó.

Me arrinconó en un visto.

Cuatro semanas después, salí tarde.

Anochecía.

En la banqueta, sonó el teléfono.

Lada de Quintana Roo.

Una voz serena: Nora Ceballos, enfermera del hospital.

Se me hundió todo.

Tomasa Aguirre estaba ingresada.

Yo era su contacto de emergencia.

Necesitaban hablar conmigo ya.

04/05/2026

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