Débora Torrente
Te cuento, encontré hace unos años una metáfora sobre los icebergs que tomaría poco a poco un sentido que trascendería mi manera de trabajar.
UNODEOCHO surge de la necesidad de contemplar la comida no solo como algo separado de nosotros en el plato, si no nuestra relación con ella y cómo dicha relación habla de nosotros Y es que su idea de lo oculto, de lo que “no vemos a simple vista” ya que sólo somos capaces de observar una octava parte de lo que realmente representa la totalidad de esta gigante masa de hielo, es donde surgió: Uno de ocho.
¿Qué ocurre cuando nos marcamos un objetivo, una meta que alcanzar e inundamos nuestra mente de pensamientos? Normalmente, sabemos más o menos lo que podríamos empezar a hacer para alcanzarlo, somos conscientes de qué es lo que queremos… ¿entonces? Muchas veces contando con todo lo anterior no conseguimos ponernos en marcha, o bien, nuestra motivación fluctua, nos autoboicoteamos, señalamos a responsables, nuestro foco se pierde, algo va a contracorriente ¿te suena? Pues esta es la punta visible del iceberg: las acciones que recogemos, nuestro entorno, nuestras conductas y actitudes… ¿pero que determina y condiciona realmente lo que vemos? Es aquí donde se contempla la parte sumergida del iceberg, aquello que no vemos a simple vista: nuestras creencias y valores, nuestra identidad, nuestra motivación, nuestra misión y visión…
¿Te das cuenta de la importancia de profundizar en tu proceso de cambio?
A las once de la noche, en tu cocina, hay tres mujeres. Y las tres eres tú.
Karpman lo describió en 1968 entre personas: verdugo, víctima y salvadora. Tres papeles que no son fijos, van rotando. Y cuando digo que rotan es que lo hacemos dentro de nuestra cabeza dependiendo de contexto y situación, encarnamos esos personajes:
El verdugo te vigila y te persigue para nota: “Otra vez. No tienes fuerza de voluntad.”
La víctima es la de “pobre de mi”, No puedo más. Señala a fuera, se quita responsabilidad… con esos: Ya da igual.”
Y ahí es donde aparece la salvadora que trae el alivio rápidito a tanto malestar: enciende la tele, abre el armario, fuma, bebe, haz scroll… “Un día es un día.”
Y entonces… después de que la salvadora te haya rescatado, vuelve el verdugo: “Mira lo que has hecho.” Ahí tienes el ciclo completo de un triangulo que se que vivís de forma muy cansina.
¿En qué vértice entras tú primero? ¿Te reconoces?
Escribe CLARIDAD si quieres que lo exploremos juntas 😉
Pides ensalada y alguien suelta: “¿otra vez?” No están hablando de tu ensalada.
Mecanismo 1: comemos mirando al de al lado. Un metaanálisis de casi 40 estudios: comemos más cuando quien tenemos delante come más, y menos cuando come menos. Usamos al otro para calcular cuánto es “normal” comer aquí (Cruwys, Bevelander & Hermans, 2015; Herman, Roth & Polivy, 2003). Cuando cambias lo que pides, no cambias solo tu plato: mueves la referencia de la mesa.
Mecanismo 2: no responden a lo que dices. Responden a lo que temen que pienses. Un experimento sencillo: pidieron a personas que comen carne que escribieran las palabras que les venían a la cabeza al pensar en vegetarianos. El 47% escribió cosas negativas. Después midieron cuánto creía cada uno que un vegetariano le miraría por encima del hombro. Cuanto más esperaba ser juzgado, peores palabras había escrito. Y lo confirmaron al revés: si primero imaginaban qué opinaría un vegetariano de su forma de comer y luego lo valoraban, las notas bajaban. Sin que ningún vegetariano hubiera dicho nada (Minson & Monin, 2012).
Y el entorno no solo estorba. También SUMA. Quienes hicieron un programa con amigos y apoyo social específico mantuvieron la pérdida a los 10 meses en un 66% de los casos. Quienes fueron solos: 24% (Wing & Jeffery, 1999). El entorno no es un detalle del plan. Es parte del plan.
Entonces, ¿qué haces?
1. Deja de dar explicaciones largas. Una decisión no necesita nota a pie de página. “Hoy no me apetece” es una frase completa. Cuanto más argumentas, más conviertes la mesa en un debate — y ahí ya no te cuidas: te defiendes.
2. Y esto incomoda más: mira si la presión de fuera te duele tanto porque por dentro tú tampoco tienes claro por qué lo haces. Cuando la razón es tuya, el comentario resbala. Cuando es prestada, cualquier “venga, por un día” te tumba.
Y si tú eres la persona del otro lado: no hace falta que hagas su dieta, ni que entrenes con ella, ni siquiera que la animes. Con no ponerle obstáculos ya haces mucho. No insistas.
Pides ensalada y alguien suelta: “¿otra vez?” No están hablando de tu ensalada.
👉🏻Mecanismo 1: comemos mirando al de al lado. Un metaanálisis de casi 40 estudios: comemos más cuando quien tenemos delante come más, y menos cuando come menos. Usamos al otro para calcular cuánto es “normal” comer aquí (Cruwys, Bevelander & Hermans, 2015; Herman, Roth & Polivy, 2003). Cuando cambias lo que pides, no cambias solo tu plato: mueves la referencia de la mesa.
👉🏻Mecanismo 2: no responden a lo que dices. Responden a lo que temen que pienses. Un experimento sencillo: pidieron a personas que comen carne que escribieran las palabras que les venían a la cabeza al pensar en vegetarianos. El 47% escribió cosas negativas. Después midieron cuánto creía cada uno que un vegetariano le miraría por encima del hombro. Cuanto más esperaba ser juzgado, peores palabras había escrito. Y lo confirmaron al revés: si primero imaginaban qué opinaría un vegetariano de su forma de comer y luego lo valoraban, las notas bajaban. Sin que ningún vegetariano hubiera dicho nada (Minson & Monin, 2012).
Y el entorno no solo estorba. También SUMA. Quienes hicieron un programa con amigos y apoyo social específico mantuvieron la pérdida a los 10 meses en un 66% de los casos. Quienes fueron solos: 24% (Wing & Jeffery, 1999). El entorno no es un detalle del plan. Es parte del plan.
Entonces, ¿qué haces?
1. Deja de dar explicaciones largas. Una decisión no necesita nota a pie de página. “Hoy no me apetece” es una frase completa. Cuanto más argumentas, más conviertes la mesa en un debate — y ahí ya no te cuidas: te defiendes.
2. Y esto incomoda un pelín mas: mira si la presión de fuera te duele tanto porque por dentro tú tampoco tienes claro por qué lo haces. Cuando la razón es tuya, el comentario resbala. Cuando es prestada, cualquier “venga, por un día” te tumba.
Y si tú eres la persona del otro lado: no hace falta que hagas su dieta, ni que entrenes con ella, ni siquiera que la animes. Con no ponerle obstáculos ya haces mucho. No insistas.
Esa sensación estable de calma no viene de la pasividad, es realmente tu estado natural del que la gran mayoría nos hemos desconectado.
Si resuena contigo este mensaje escríbeme “CALMA” y te cuento mas.
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El 80% de la comunicación entre tu intestino y tu cerebro va en un solo sentido: del intestino al cerebro. No al revés. 🧠
Y ese mensaje viaja a través del nervio vago.
Cuando vives en modo supervivencia (estrés sostenido, prisas, cortisol todo el día), ese cable de comunicación se desregula. Y ahí empiezan la hinchazón, las digestiones pesadas aunque “no comas nada raro”, el despertarte con el abdomen hinchado sin motivo aparente...
No es una intolerancia. Es tu sistema nervioso en modo “huyo de un depredador”: no necesita hacer la digestión, necesita correr. Y ese estado también se entrena — para bien y para mal.
Evidentemente, influye en cómo te sienta lo que comes.
👉 Si quieres saber cómo está tu nervio vago, tienes el test en mi bio. En unos minutos tendrás tu resultado.
En mi bio te he dejado preparado el link directo para testear como está tu nervio vago 😉 👉🏻
En 1944 estudiaron la inanición humana con unas 1.570 calorías al día. Hoy algo muy parecido se vende como plan de definición.
36 hombres jóvenes y sanos. Seis meses. Metabolismo basal hasta un 40 % más bajo, pulso de 55 a 35, edemas. Y en la cabeza: obsesión por la comida, atracones, irritabilidad, depresión, aislamiento. Muchos siguieron mal meses después de volver a comer con normalidad.
No les faltaba fuerza de voluntad. Era el hambre haciendo su trabajo (Keys et al., 1950).
Y aun así seguimos oyendo lo mismo: come menos y muévete más.
Lo que sale en el caso de éxito: kilos menos en tiempo récord, la ropa suelta, el “qué disciplina”.
Lo que no sale: el metabolismo en modo ahorro, el sistema nervioso en alarma, la culpa, la obsesión, el miedo a comer y a recuperar el peso.
Y el truco es perfecto: si bajaste, el mérito fue del protocolo. Si rebotaste, la culpa fue tuya.
No es teoría. Está medido:
→ Un año después de adelgazar, la leptina seguía un 35 % más baja y había más hambre (Sumithran, NEJM 2011).
→ Seis años después de un programa extremo, el gasto en reposo seguía unas 500 kcal/día por debajo de lo esperado (Fothergill, Obesity 2016).
→ Restringir calorías sube el cortisol; contarlas, el estrés percibido (Tomiyama, Psychosom Med 2010).
→ En adolescentes, hacer dieta predijo más atracones cinco años después (Neumark-Sztainer, Project EAT).
No estás jugando solo con calorías. Estás jugando con un sistema entero: hormonas, metabolismo, sistema nervioso, hambre y saciedad, conducta alimentaria, autoestima.
Por eso nadie llega a consulta con “unos kilos de más”. Llega con años de dietas fotocopia, un cuerpo en modo supervivencia, pensamiento de todo o nada, miedo a comer y miedo a fallar.
Tu cuerpo no está roto ni te está fallando. Está haciendo lo que sabe hacer cuando detecta escasez: protegerse.
El primer paso no es comer menos. Es entender dónde estás. Restaurar, construir, mantener. Para no volver a empezar cada lunes.
Guárdalo y compártelo con quien crees que puede ayudarle
En 1944 estudiaron la inanición humana con unas 1.570 calorías al día. Hoy algo muy parecido se vende como plan de definición.
36 hombres jóvenes y sanos. Seis meses. Metabolismo basal hasta un 40 % más bajo, pulso de 55 a 35, edemas.
Y en la cabeza: obsesión por la comida, atracones, irritabilidad, depresión, aislamiento.
Muchos siguieron mal meses después de volver a comer con normalidad.
No les faltaba fuerza de voluntad. Era el hambre haciendo su trabajo (Keys et al., 1950).
Y aun así seguimos oyendo lo mismo: come menos y muévete más.
Lo que sale en el caso de éxito: kilos menos en tiempo récord, la ropa suelta, el “qué disciplina”.
Lo que no sale: el metabolismo en modo ahorro, el sistema nervioso en alarma, la culpa, la obsesión, el miedo a comer y a recuperar el peso.
No es teoría. Está medido:
→ Un año después de adelgazar, la leptina seguía un 35 % más baja y había más hambre (Sumithran, NEJM 2011).
→ Seis años después de un programa extremo, el gasto en reposo seguía unas 500 kcal/día por debajo de lo esperado (Fothergill, Obesity 2016).
→ Restringir calorías sube el cortisol; contarlas, el estrés percibido (Tomiyama, Psychosom Med 2010).
→ En adolescentes, hacer dieta predijo más atracones cinco años después (Neumark-Sztainer, Project EAT).
No estás jugando solo con calorías. Estás jugando con un sistema entero: hormonas, metabolismo, sistema nervioso, hambre y saciedad, conducta alimentaria, autoestima.
Por eso nadie llega a consulta con “unos kilos de más”. Llega con años de dietas fotocopia, un cuerpo en modo supervivencia, pensamiento de todo o nada, miedo a comer y miedo a fallar.
Tu cuerpo no está roto ni te está fallando. Está haciendo lo que sabe hacer cuando detecta escasez: protegerse.
El primer paso no es comer menos. Es entender dónde estás. Restaurar, construir, mantener. Para no volver a empezar cada lunes.
Guárdalo y compártelo con quien creas que le puede sumar.
Puedes cumplir en todo (el trabajo, los plazos, la gente) y aun así llegar a las siete de la tarde comiendo sin hambre otra vez. No te falta carácter. Estamos midiendo mal qué es la disciplina.
Quienes tienen más autocontrol no se resisten más: se resisten menos. Tienen el terreno montado para no tener que pelear (Galla & Duckworth, 2015).
Llevas años aprendiendo que la comida es donde pasan las cosas buenas. Celebramos, nos premiamos, nos consolamos y desconectamos comiendo. Tu cerebro no lo juzga. Lo asocia.
Y aquí el matiz: querer y disfrutar son circuitos distintos, y la dopamina alimenta el querer (Berridge & Robinson, 2016). No aprendiste a disfrutar más. Aprendiste a querer más. Por eso el malestar sube antes y el alivio después no llega (Haedt-Matt & Keel, 2011).
Por eso, al retomar hábitos, sientes que pierdes. No compites contra un croissant: compites contra el único sitio donde tu sistema tiene apuntado que se está bien. Y nadie sostiene años lo que vive como una renuncia (Teixeira et al., 2012).
La pregunta no es “cómo me controlo más”. Es: ¿dónde más puede vivir el placer en mi vida?
Tu cuerpo no te está fallando. Te está sosteniendo con lo único que ha encontrado que funciona.
Y eso se trabaja. Si no sabes por dónde empezar, escríbeme y lo miramos.
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