ADEPA
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26/09/2026
CARLOS, EL DESDICHADO PRÍNCIPE DE VIANA EN ETERNA LUCHA CONTRA SU PADRE
El 23 de septiembre de 1461 murió en extrañas circunstancias Carlos, el príncipe de Viana, hijo de la reina titular de Navarra, Blanca y de Juan, uno de los conocidos como “infantes de Aragón”, duque de Peñafiel y Montblanc, rey consorte de Navarra y años después rey de la Corona de Aragón.
Precisamente en la cabeza de sus Estados señoriales castellanos, Peñafiel, nacería Carlos, el que iba a ser primer Príncipe de Viana, un título creado para él por su abuelo el rey Carlos III de Navarra. El “giro hispanista” que éste había impreso a la trayectoria política de Navarra fue confirmado por su hija Blanca en beneficio siempre de los complejos intereses de su marido. El hecho de que la reina Blanca adoptara esta sumisa actitud hacia su marido, explica que éste se acostumbrara a obrar con absoluta libertad respecto a Navarra y sus disponibilidades económicas y que, a la muerte de su esposa, contraviniendo la legalidad, actuara como auténtico titular del reino.
Hasta ese momento, la vida del heredero del trono navarro se desarrolló de manera tranquila, al amparo siempre de la afectuosa personalidad de su madre. Esa sobreprotección materna, en contraste con el impetuoso y fuerte carácter de su padre, determinó en el Príncipe de Viana una trayectoria vital marcada por la indecisión y la debilidad, a las que se unía una cierta predisposición a la mala salud. Por lo demás, se trataba de un hombre culto, más atento a las letras que a las armas, fiel representante del espíritu caballeresco de su época y también del primer humanismo que entonces despuntaba. Su preocupación por armonizar la ética aristotélica con la moral cristiana le llevó a traducir personalmente una versión latina de la Ética a Nicómaco, al tiempo que llegó a invitar a los sabios de la época, a través de la “Epístola a los valientes letrados de España”, a trabajar en este sentido.
Su sólida formación intelectual, muy influida por sus preceptores, no fue en modo alguno incompatible con la afición del príncipe al lujo y a la diversión cortesana. Uno y otra no hicieron sino incrementarse gracias a la presencia en la Corte de Olite, la residencia principesca de Carlos, de Inés de Clêve, una noble borgoñona que contrajo matrimonio con Carlos en septiembre de 1439. Esta unión nunca fue considerada ventajosa por los navarros. Es cierto que cuando el rey Juan inició gestiones para casar a su hijo, las cortes europeas no ofrecían muchas posibilidades, y que la casa de Borgoña era la más importante de las dinastías francesas después de la del propio Rey.
Aunque no estallarían abiertamente hasta algunos años después, los problemas que enfrentarían a lo largo de toda su vida al príncipe Carlos con su padre, se inician a raíz de la muerte de la reina Blanca en mayo de 1441. La desdibujada personalidad de Blanca quedó patente cuando aconsejó que pese a que el reino de Navarra pertenecía indiscutiblemente y de pleno derecho a su hijo Carlos, sería muy conveniente que éste no hiciera uso del título de rey sin el expreso consentimiento de su padre. El problema que se planteaba entonces era que Juan, ya en aquel momento seguro heredero del trono aragonés de su hermano Alfonso V, no estaba dispuesto ni estaría nunca a renunciar al título de rey de Navarra; pero mayor problema fue aún que Carlos, aunque a regañadientes, aceptara la situación conformándose con asumir de manos de su padre la lugartenencia general del reino. A partir de aquel momento se generara una dinámica jurídicamente viciada, donde el propietario y señor natural del reino se convertía en representante delegado de un poder que ya no correspondía a quien hasta esa fecha había sido sólo rey consorte.
Los diez años que transcurrieron entre este primer brote de tensión y el estallido de la guerra civil navarra fueron los del gobierno del príncipe de Viana en calidad de lugarteniente general. El período se caracteriza por dos notas fundamentales: una administración económicamente no muy saneada, preocupada ante todo por cimentar sobre sólidas rentas el círculo de apoyo al príncipe, y un progresivo protagonismo político del rey Juan que, contra todo derecho, fue apartando poco a poco al príncipe y a sus consejeros del gobierno de Navarra.
Al príncipe de Viana no le quedaban más que dos salidas: enfrentarse al Rey o huir del reino para reorganizar desde fuera la resistencia. Optó por la segunda vía, y en el verano de 1450 se hallaba ya en tierras guipuzcoanas en compañía de los Beaumont y otros partidarios, víctimas políticas del rey Juan.
El exilio del príncipe fue muy pasajero, su propia debilidad y las dificultades para obtener un inequívoco apoyo castellano, le obligaron a regresar a Navarra en marzo de 1451. Pero a la Castilla del último resplandor político de Álvaro de Luna, irreconciliable enemigo del rey Juan, no le interesaba desamparar al príncipe de Viana, y con sus tropas movilizadas sobre suelo navarro, estableció con Carlos un acuerdo que le permitiera desembarazarse de la tutela política de su padre y recuperar el control del reino. Confirmado el pacto en septiembre de 1451, el ejército castellano evacuó Navarra, dejando allí prácticamente abierta la guerra civil. El estallido formal se produjo muy poco después, cuando contingentes partidarios de ambas facciones se enfrentaron en Aibar, con el resultado de la prisión del príncipe de Viana (liberado en 1453). A partir de ese momento, la guerra se extendió al conjunto del reino.
La división de Navarra en dos bandos se ha intentado explicar desde diversas perspectivas. La geoeconómica quiso ver como factor esencial la contradicción entre los grandes linajes ganaderos de la Montaña, partidarios del príncipe Carlos y los agrícolas de la Rivera, seguidores del rey Juan, pero la línea de demarcación entre economías preferentes y exactas zonas de influencia de ambos contendientes no es del todo significativa. Hablar de beaumonteses del príncipe frente a agramonteses del Rey, descubre una aproximación sociológica menos inexacta, porque ciertamente en torno a la familia de Beaumont se articuló buena parte de los linajes partidarios del príncipe de Viana, y, por otro lado, los del Rey contaron con los Agramont como señeros representantes, aunque tanto o más que ellos lo fueran los Peralta. El panorama se complica aún más si atendemos a estrategias internacionales que sitúan a los partidarios de Carlos, concretamente a los Beaumont, cercanos a la órbita de influencia inglesa, mientras que un puntal de los “derechos” del rey Juan lo constituía un destacado vasallo del rey de Francia, el conde Gastón IV de Foix, que era yerno de aquél: está claro que el conde francés, descartado en la línea de sucesión navarra el príncipe Carlos y también la princesa Blanca, todavía casada con Enrique, futuro rey de Castilla, pensaba en su mujer como posible heredera de su suegro.
Nuevos sucesos en Castilla, una vez más, influyeron en el desarrollo de los acontecimientos navarros propiciando un cierto clima negociador: Álvaro de Luna fue detenido y ejecutado en 1453 y poco después el Príncipe de Asturias obtenía la nulidad de su matrimonio con Blanca de Navarra (hermana del príncipe de Viana). Si la primera circunstancia parecía debilitar la posición del Príncipe de Viana, la vuelta de Blanca a Pamplona y su decidido apoyo a la facción beaumontesa de su hermano constituía todo un refuerzo, sobre todo teniendo en cuenta que la princesa navarra nunca cortó su fluida relación con ciertos sectores de influencia castellanos. Todo aconsejaba, también la escandalosa prisión del Príncipe de Viana que había durado hasta junio de 1453, un compás de espera negociador que ap***s se tradujo en una pasajera tregua realmente indigna de tal nombre.
En los últimos meses de 1455 la situación daría un vuelco irreversible. El rey Juan tomó una trascendente decisión política que venía a rectificar la línea hispanista introducida por Carlos III de Navarra más de treinta años antes: propuso a su yerno Gastón de Foix que se quedara con Navarra. A mediados de 1456, con la aquiescencia del rey de Francia, el conde de Foix inició las operaciones de ocupación del reino, con la ayuda naturalmente de la facción de apoyo al rey Juan. La presión sobre el Príncipe de Viana fue tal que, antes de finalizar el año 1456, decidió de nuevo abandonar Navarra y procurar la neutralización de la nueva ofensiva mediante las armas de la diplomacia. Marchó en primer lugar a la Corte de Carlos VII de Francia, que pese a ser aliado de Castilla y, por tanto, en cierto modo de él mismo, había prestado su beneplácito a la agresión del conde de Foix. Como era de esperar, ningún beneficio extrajo el príncipe de estos contactos, por lo que, enseguida, y a sugerencia de su propio tío, el rey de Aragón Alfonso V, se trasladó a Italia. En Roma, obtuvo nada más que buenas palabras del papa Calixto III, pero ya en Nápoles, junto al rey de Aragón, encontró algo más que comprensión. El rey Alfonso no mantenía con su hermano una perfecta sintonía.
Pero Alfonso V murió en junio de 1458 y el hecho de que a partir de aquel momento el rey Juan se convirtiera en Juan II de Aragón, lejos de reforzar sus posiciones, le dictaba la necesidad de no interrumpir el diálogo con Carlos, quien, dadas las costumbres de la Corona de Aragón, difícilmente podría ser apartado de la sucesión en ella. La circunstancia favorecía al príncipe, como también lo hacía el ofrecimiento que le dirigía el parlamento siciliano en el sentido de que asumiera el virreinato vitalicio sobre la isla. Finalmente se impuso el acuerdo entre padre e hijo, formalizándose en la llamada concordia de Barcelona, suscrita en los primeros días de 1460. El pacto, en realidad, era una vergonzosa claudicación del príncipe, a quien su padre perdonaba a cambio de que le reconociera la plena potestad real sobre Navarra, territorio que, junto con Sicilia, no podría ser en adelante su residencia; nada se determinaba sobre los derechos de Carlos ni al trono navarro ni a la sucesión aragonesa, aunque desde luego se le otorgaban rentas suficientes para vivir dignamente. Mayor desautorización al príncipe no cabía.
La debilidad del Príncipe de Viana no debe confundirse con la claridad de sus percepciones. Carlos se sabía neutralizado por su padre, y al tiempo que intentaba conectar con los sectores catalanes opuestos a la política de Juan II, buscaba salida concertando un matrimonio que pudiera rehabilitarlo políticamente. La elección del príncipe recayó sobre Isabel (la Católica), la hermana de Enrique IV de Castilla. En cualquier caso, y por ahora, saberse firmemente respaldado por el ejército castellano podía ser suficiente garantía para la causa beaumontesa. La liga nobiliaria castellana, aliada de Juan II, encendió las luces de alarma: su suegro, el almirante de Castilla, hizo llegar al monarca aragonés la especie de que lo que realmente se estaba tramando era un complot para derrocarle, y Juan II se revolvió nuevamente contra su hijo, al que hizo detener en Lérida en los primeros días de diciembre de 1460.
El nuevo encarcelamiento del príncipe provocó toda una serie de reacciones en cadena: en Navarra la guerra civil se recrudeció; en Castilla fue reclutado un ejército que, al mando de Luis de Beaumont, conde de Lerín, cruzaba la frontera aragonesa; en Cataluña la oligarquía de patricios —la Biga— se alzaba en defensa de los derechos del príncipe, e incluso en Aragón surgía un “partido vianista”. Juan II no tuvo más remedio que ceder y dos meses después de su apresamiento puso en libertad a su hijo, por el que el propio Papa había intercedido. De todas formas, y cuando todo parecía trabajar en favor de la causa de Carlos, Juan II, con la habilidad que siempre le había caracterizado, logró desactivar, entre los meses de junio y agosto de 1461, dos focos de apoyo al príncipe. Con la Diputación General de las Cortes Catalanas, el rey llegó a establecer un acuerdo (la concordia de Villafranca del Penedés) y con Enrique IV de Castilla, alcanzando un acuerdo que privaba a los beaumonteses del apoyo castellano e impedía el proyectado matrimonio de Isabel con Carlos.
Semanas después de los acuerdos establecidos, el Príncipe de Viana murió de una afección tuberculosa el 23 de septiembre de 1461. No faltaron entonces quienes creyeron en una muerte provocada que acababa con la pesadilla de Juan II. Tampoco han dejado de creerlo algunos historiadores modernos, pero en realidad no existe prueba alguna en este sentido. Lo que sí es cierto es que la leyenda en forma de estela hagiográfica y hechos milagrosos rondó la tumba del príncipe en Poblet hasta el mismo siglo XVIII, y es que el viejo catalanismo hizo de él el gran defensor de las libertades catalanas. Luego sería el “romanticismo” el que se apoderaría de la triste y enfermiza figura de este rey sin corona del que conviene insistir en su importancia como representante del humanismo peninsular.
En este sentido, a su ya citada admiración por Aristóteles, es preciso añadir que al final de su vida intentó contratar como preceptor al humanista italiano Angelo Decembri, y quiso, asimismo, atraer a Barcelona a un sabio griego, Teodoro de Gaza, que se responsabilizaría de abrir una escuela de griego. Aunque su prematura muerte truncó estos proyectos.
26/09/2026
1977. Lavapiés. Una despedida que aún emociona.
El 9 de diciembre de 1977, seis vecinas de una corrala de la calle Ave María posaban juntas en el corredor común que durante tantos años había sido parte de sus vidas.
No era una fotografía cualquiera. Era una despedida.
La finca había sido declarada en ruina y sus viviendas debían ser desalojadas ante el riesgo de hundimiento. Aquellas familias tuvieron que dejar atrás sus casas, pero también algo mucho más difícil de trasladar: los recuerdos, las conversaciones de puerta a puerta, las risas compartidas, las p***s acompañadas y esa forma de vivir en comunidad tan propia de las corralas madrileñas.
Afortunadamente, ninguna familia quedó en la calle. Sus habitantes fueron realojados en viviendas nuevas de la cercana calle Ribera de Curtidores, con mejores condiciones y alquileres adaptados a sus ingresos.
Pero una casa no está hecha solo de paredes.
En aquel corredor quedaba una parte de sus vidas. El lugar que había protegido generaciones de alegrías y dificultades. Un espacio humilde, pero lleno de humanidad, solidaridad y vecindad.
Esta imagen habla de una época, de un Madrid que cambiaba y, sobre todo, de seis mujeres que se despiden de mucho más que un techo.
Las corralas fueron hogares, pero también pequeñas comunidades donde la vida se compartía.
Una fotografía histórica. Una despedida. Y toda una vida detrás de esas miradas. ❤️
26/09/2026
EL PALODÚ DE NUESTRA INFANCIA
¿Quién no ha masticado en alguna ocasión una barrita de palodú para extraer de la masa interior su jugo dulzón con un toque amargo muy característico? Durante mi infancia, muchas chucherías eran productos naturales que se compraban a granel en kioscos o en puestos ambulantes, como podían ser las algarrobas molidas o los palitos de regaliz o palodú. Esta planta (Glycyrrhiza glabra) es una leguminosa propia de vegas fluviales o arroyos, presentando unos tallos horizontales subterráneos (rizomas) con corteza marrón y sabrosas fibras centrales amarillentas. La RAE contempla los siguientes términos vulgares: regaliz, paloduz, orozuz, alcazuz, alfendoz, regalicia y regaliza; sin embargo, existen numerosos sinónimos regionales o locales como palodú, orozú, palodul, arazú o palo dulce. El origen de esta planta radica en Asia occidental y Europa del sudeste, siendo muy apreciada desde antiguo por sus beneficios digestivos y respiratorios, aunque en la actualidad se recomiende moderar su uso en personas con problemas cardíacos, renales o de hipertensión.
El palodú fue un producto muy demandado en Sevilla en épocas pasadas, aunque su venta ambulante se ha reducido a algún vendedor ocasional que aposta su entrañable mesita plegable con mantel en La Campana, donde dispone los palitos agrupados en pequeños haces y los sostiene con una cinta de goma o similar. El regaliz se comercializa a día de hoy como un componente de pastillas o barras procesadas; también se utiliza para aromatizar cervezas, tabaco de p**a, salsas para carnes... Cuando niños, lo raspábamos para acceder al tesoro que guarda dentro, mientras los zagalones lo mantenían a menudo en la comisura de los labios simulando el ci******lo de los adultos. Mis recuerdos se mantienen vivos al respecto, pues obtenía la “chuche” a la salida de la escuela o a las puertas de los cines de verano junto a los higos chumbos: en el Cine San Sebastián, en el Prado Cinema... Una planta que me transporta a la infancia-adolescencia y que se ha mantenido imborrable en mi memoria, pues acompañaba muchos de los juegos que desplegábamos los chiquillos por calles, plazas y jardines de nuestro barrio. Articulo de Tomas García
Éste es un extracto de mi artículo de hoy en Diario de Sevilla.
Feliz fin de semana otoñal a todos.
El palodú de nuestra infancia ¿Quién no ha masticado en alguna ocasión una barrita de palodú para extraer de la masa interior su jugo dulzón con un toque amargo muy característico? Durante los años correspondientes a mi infancia, muchas chucherías eran productos naturales no procesados que se compraban a granel en kiosco...
22/09/2026
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