Gsus Stardust

Gsus Stardust

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Actor, director y creador escénico. Cada publicación, una actuación, una historia.

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#gsusgf

21/08/2026

• A un lado, el mar. Al otro, nada. Encima, un cielo que empezaba a apagarse. Me puse las gafas y cerré los ojos. Volviste a mi mente. Quizá porque allí dentro siempre existes.

Recordé tus manos. Sabían dónde tocar para que dejara de hacerme el fuerte; dónde quedarse cuando yo fingía no necesitarte. Sabían acercarme a ti con una seguridad que me desarmaba por completo.

Yo, que parecía tenerlo todo bajo control, me quedaba sin defensa cuando me mirabas así. Como si debajo del orgullo y de toda aquella mi**da que utilizaba para protegerme, solo hubiera un hombre mu**to de miedo a perderte.

Y te perdí. Te fui perdiendo poco a poco. Hay formas de despedirse que empiezan mucho antes de decir adiós.

Qué ca**ón es el mundo. Te puede estar arrancando algo del alma y, al mismo tiempo, regalarte el atardecer más hermoso de tu vida.

Me llevé una mano al pecho. Todavía podía imaginar la tuya encima. Pero solo hay arena. Solo yo.

Aquella última vez. Estabas tumbado exactamente así. Con la cabeza apoyada sobre la arena. Las gafas puestas. Los ojos cerrados.

—No te duermas —te dije.

—Exageras —murmuró riendo—. Solo estoy cansado. ¿Volveremos mañana? —preguntaste.

—Claro que sí —dije. Todavía no sabía que algunas promesas se hacen con la ignorancia de quien las pronuncia.

Porque aquella fue la última tarde. La última vez que escuché tu respiración. La última vez que pude tocarte. La última vez que tu cuerpo estuvo caliente bajo mi mano.

Vuelvo desde entonces. Siempre solo. Siempre al atardecer. Siempre con tus gafas. Las mismas que llevabas aquel día cuando ya era demasiado tarde.

Me las quito. Miro el lugar donde te tumbaste. Paso la mano por la arena y me doy cuenta de que llevo todos estos años equivocándome.

Vuelvo porque una parte de mí todavía espera que abras los ojos. Y quizá eso sea lo que más duele: pensar en aquella última vez, cuando me preguntaste si volveríamos al día siguiente. Yo te dije que sí, sin saber que tu mañana no me pertenecía —y tú ya sabías que no.

----- Text: Jesús Gómez Fernández

05/08/2026

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La grieta corre exacta por el centro de mi pecho, justo por donde se parte en dos el mismo latido.

A la izquierda un beso en pasado con la boca contenida, como quien empieza algo que ya sospechaba equivocado. Su boca sabía a costumbre dulce, a lo que se suponía que no debía doler cuando terminase.

Llevaba la gorra calada igual que ahora, las gafas empañadas por un aliento que nunca terminó de ser del todo mío. Contuve el aire de otra manera entonces: guardado, correcto, a medias. Ese beso fue jaula con la puerta abierta que nunca crucé.

La grieta blanca sigue bajando. Y donde antes solo había piel tibia, ahora hay calor de verdad.

A la derecha el aire me falta de otra forma. Barba contra barba. Labios chocando. Su boca no llega despacio: llega. Y se queda. Bajo el tirante empapado, el vello de su pecho se enreda con el mío como si ambos llevaran media vida buscando anudarse.

Soy el mismo torso a los dos lados del corte. La misma gorra, el mismo ángulo, el mismo pecho desnudo bajo el tirante — pero de un lado respiro para no molestar, y del otro respiro para que se note.

No cabe vergüenza en esa costura blanca: ahí está escrita la manera que quería que me tocaran, sin traducir el deseo a un idioma más cómodo para los demás.

La grieta ya es inútil. Ahora su mano baja por mi nuca, empuja, y yo respondo — cadera contra cadera, sudor contra sudor — hasta que el negro del fondo se traga cualquier palabra que me quedara por decir. Ahí, justo donde el papel se abre, todo termina seco, sin metáfora que lo disfrace: miembro contra miembro, gemidos ahogados que se dejan escapar, y la certeza cruda de que solo del lado derecho, por fin, follo con la verdad entera.

----- Text: Jesús Gómez Fernández

18/07/2026

"Tras la Huella de Clavijo y Fajardo"

Una obra de Salvador Leal, dirigida por Germán Barrios.

Una ruta teatral que camina sobre los pasos del ilustre José Clavijo y Fajardo, una historia real: una familia acomodada, una promesa rota, un océano cruzado por venganza y una leyenda que terminó escribiendo media Europa.

No es un espectáculo. Es un viaje por el lugar donde todo ocurrió

13/07/2026

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¿Cuánto tiempo llevas fingiendo que estás bien?

Yo ya perdí la cuenta. Esta mañana me he despertado del revés, con la cara hundida en la almohada, y he tardado once minutos en decidir que el aire de fuera de la almohada también valía la pena respirarlo.

Los he contado en el móvil, porque contar es lo único que todavía se me da bien. Me he vestido con la misma camiseta de ayer porque abrir el armario significaba elegir, y elegir era demasiado. Me he mirado el pecho en el espejo. El vello sigue en su sitio. La barba también. Nadie le ha avisado a mi cuerpo de que ya no hace falta que se esfuerce tanto.

Me miro la cara y no me reconozco. Sigo afeitándome igual.

Tengo tres mensajes sin responder desde hace cuatro días: uno pregunta si estoy bien. No es que no sepa qué contestar. Contestar significa admitir que sigo aquí, y eso pesa más que el móvil. No es tristeza. La tristeza se explica. Esto solo se aguanta.

Hay tardes en las que me quedo sentado en el borde de la cama, solo, esperando a que el cuerpo decida solo cuándo levantarse.

Pienso en él. No en su nombre, que ya conozco de memoria. No hacen falta las palabras. Siento la humedad de sus labios en mi cuello, tres dedos por debajo de la oreja, bajando después hacia donde ya no hay palabras, solo cuerpo. Esto pesa tanto como él entero. Y él lo repite, una y otra vez, y en esos momentos algo que me llevaba el pecho hundido todo el día se endereza, un rato.

Cuando me abraza, cuento los segundos que faltan para que se aparte. Uno. Dos. En el tres ya estoy calculando cómo voy a estar solo otra vez sin que se note.

He aprendido a sonreír de boca para afuera. Mientras los ojos se me quedan atrás, vacíos. Y nadie lo nota, porque nadie mira tanto tiempo. Ni siquiera la gente que dice quererme se molesta en mirar tanto.

Por eso sigo mirándote del revés. No busco nada poético en ello. Solo necesito, durante unos segundos antes de levantarme, no tener que decidir hacia dónde mirar.

¿Cuánto tiempo llevas tú fingiendo que estás bien?

----- Text: Jesús Gómez Fernández

11/07/2026

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No sé dónde empieza uno y termina el otro. Eso es lo primero que se pierde, ahí, en la pátina tibia de la imagen: el límite.

Una mano —¿la mía?— se hunde. Vello denso, calor, un índice que se dobla buscando hendidura que no ofrece resistencia. El anillo pesa distinto cuando no sabes contra qué piel presiona, ni a quién pertenece.

Peso encima. O debajo. Torsos que podrían ser espejo, alientos con el mismo timbre grave. Dos respiraciones, tal vez una sola cortada en dos por el nervio. Un jadeo que podría ser mío, podría ser suyo, o podría ser el roce de la lycra negra contra la piel, ese textil que separa lo que hay más abajo.

Joder. Sale ronca, mordida entre dientes, contra su cuello —o el mío, ya da igual—. No pregunto de quién es la voz. Solo quiero más, más de esta gustosa confusión.

Algo se endurece. No pregunto qué es. No hace falta nombrarlo para sentir cómo cambia el aire. Nómbralo tú: seguro que has acertado. Una palabra dura, erecta, que se visualiza y materializa. Aunque la digas no aclara nada — al contrario, la palabra hunde más la escena en la niebla: nombra algo cuyo dueño se me escapa, porque no sé si es el mío devuelto por el tacto de otro cuerpo, no sé si es de dos hombres que se buscan o de uno solo perdido en su propio reflejo.

La mano sigue ahí, quieta ahora, porque esa también es una forma de tocar. Un pulso —el suyo, el mío, repetido— late contra los nudillos. No hay nombres detrás de este velo, ni falta que hace: solo el mismo idioma de vello y hueso, reconocido a ciegas.

No sé si esto es un abrazo que se ha desviado, o un deseo que aún finge ser un abrazo.

El enredo no lo aclara. Se queda así, cerrada, dos cuerpos o uno, y yo —el que cuenta esto— tampoco lo sé del todo.

----- Text: Jesús Gómez Fernández

09/07/2026

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25 de marzo 2022. Algo se movió dentro de mí, sin nombre, sin ceremonia. Una quietud rara, casi física, como si el pecho supiera algo que la cabeza todavía tardaría cinco días en entender.

30 de marzo. Te encontré y dejé de respirar como respiraba antes. Somos actores los dos. Sabemos fingir el temblor exacto, la lágrima justa, el silencio que el texto pide. Contigo nunca hizo falta actuar nada, joder, y eso todavía me sorprende cada mañana que abro los ojos y sigues ahí.

Arena. Calor subiendo por las piernas, tu brazo cayendo sobre mi hombro sin pensarlo, el peso exacto de alguien que ya ha decidido quedarse aunque no lo diga en voz alta.

V***r. Cristal empañado, dos siluetas que ni el agua logra separar del todo. Ahí dentro no hay palabras, solo el calor subiendo, tu respiración marcando un ritmo que aprendí a reconocer con los ojos cerrados.

Madrugada. Tu piel contra la mía bajando el volumen de todo lo demás. Una gata, Juanita, que aún la sentimos colarse entre los dos porque ese hueco, esos centímetro de sábana, siguen siendo suyos.

27 de marzo. Cortina roja, una tarta, tu mano guiando la mía sobre el cuchillo. Dijimos un sí que jamás pensamos en ensayarlo, sin público, sin apuntador, cada noche que elegimos no soltarnos.

No sé nombrar lo que siento sin que suene a algo ya dicho por otro. Así que lo digo simple: tú eres el único texto que nunca tuve que aprender, porque ya vivía en mí antes de conocerte.

Feliz cumpleaños. Sigue respirando tan cerca. Mi amas vin.



Distant Sky by Keys of Moon | https://soundcloud.com/keysofmoon
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https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

07/07/2026

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Somos un puzzle, piezas que nunca terminan de encajar:

De amor que se quedó atascado en la tráquea a medio decir. De ansiedad que a las tres de la madrugada te clava su garra sin que le importe una mi**da tu tregua. De esa tristeza que te bebes con el café y se vuelve un silencio denso que ocupa la casa.

Pero también de alegría que estalla un día cualquiera. Un latido en el pecho que te recuerda que el cuerpo aún fabrica luz. De amistad que aguanta meses sin una palabra y, cuando la riegas con una llamada, está más verde que nunca.

De carcajadas que te doblan el cuerpo en el momento más inoportuno. Una risa tonta que te sacude y te salva el día. Un abrazo que llega sin esperarlo, y te quedas ahí, sintiendo que cabes entero en unos brazos.

De ternura que se asoma sin disimular y se te escapa por los ojos cuando miras a alguien que te importa. Del recuerdo que te habita y te quema, no el que atormenta sino el que te calienta en los días de frío, el que hace que una pérdida siga viva a tu lado.

Somos capas mal cosidas. Risas tapando el miedo como una sábana corta. Miedo tapando una ternura que quema y no sabe mostrarse. Ternura tapando una rabia sorda por todo lo que nunca se dijo a tiempo.

Pero también el llanto que llega un día y te limpia por dentro como una tormenta de verano. Y el perdón que no esperabas ni merecías, y que te rompe las costuras del rencor con una delicadeza que te deja temblando.

Y un día algo se jode. Una palabra, una ausencia, un silencio. Las piezas caen revueltas al suelo. Y ahí, en ese montón de fragmentos, es donde más nos reconocemos: rotos, pero vivos.

Pero es también ahí donde descubres que la belleza no estaba en las piezas, sino en los dedos que tiemblan al recoger los trozos, en la voluntad torpe y cabezona de juntarlo todo otra vez.

Y te arrodillas. Maldices. Y empiezas a reconstruir porque no hay más cojones. Porque estás vivo.

Y porque un puzzle roto y remendado, con cicatrices y piezas que ya no son las de antes, es la única obra de arte que merece la pena mirar de cerca.

----- Text: Jesús Gómez Fernández
----- Text: Ruyman BG

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