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21/06/2026
No tengas miedo — Recuperar la alegría y la luz
¿Qué ha matado nuestra ilusión? ¿Qué ha apagado nuestra alegría?
Si miramos con sinceridad, la respuesta no está fuera, sino dentro de nosotros mismos: ha sido nuestra cobardía. Nos ha faltado valor para sostener lo bueno, para defender la verdad, para mantener encendida la llama del amor que un día recibimos. Tenemos incluso el descaro de criticar, de quejarnos y hasta de juzgar el bien, el amor o a Dios mismo, como si fueran ellos los responsables de nuestra sequedad, cuando en realidad somos nosotros quienes no hemos hecho nada para alimentar esa llama.
Hemos escuchado la Palabra, ha llegado hasta lo más hondo de nuestro ser, pero muchas veces la hemos guardado solo para nosotros, la hemos apagado con el silencio, la hemos dejado sin manifestar ante los demás. Y es justo que cosechemos las consecuencias: ningún camino equivocado puede llevarnos a un destino bueno. El camino de la mentira no construye verdad; el camino de la comodidad engañosa no da paz; el camino de la corrupción no genera progreso ni fe. Cada elección trae consigo su propio final: si caminamos guiados por el miedo, ese mismo miedo nos llevará a escondernos, a vivir sometidos, a refugiarnos en excusas y negaciones, incapaces de contemplar la luz auténtica. El miedo no siempre nos mata físicamente, pero nos condena a no ser realmente felices. Nos convierte en seres pequeños, que se acostumbran a vivir en la penumbra, como aquel sapo que poco a poco se acomoda en el agua que se calienta sin darse cuenta de que se está destruyendo a sí mismo.
Pero en medio de esta realidad, resuena una voz que cambia todo el rumbo: “No tengas miedo”. Es la voz de Jesús, quien vino a reparar lo que el pecado de Adán rompió. Él ha abierto caminos nuevos: caminos de amor, de justicia y de verdad. Él nos ha enseñado a vivir según las bienaventuranzas, mostrándonos que es posible encontrar alegría incluso en las circunstancias más difíciles. Es el que venció a la muerte, el que transforma nuestra debilidad en fortaleza.
Su invitación es clara y directa: conviértete en instrumento de luz, de verdad y de Buena Noticia. No tengas miedo de proclamar lo que es justo, no temas vivir con integridad. Nada malo puede dañar el alma que hace el bien; sí, todos moriremos algún día, pero esa misma muerte cobra sentido cuando hemos vivido con ideales, con principios, con la certeza de haber luchado por lo verdadero.
Y tenemos la seguridad más grande de todas: Dios siempre está de nuestra parte. Una vida entregada a Él pertenece para siempre a su amor; ni un solo cabello de nuestra cabeza está lejos de su mirada, mucho menos cada gesto bueno, cada esfuerzo silencioso, cada paso dado con fe.
Por tanto, no sigamos dejando que la cobardía gane terreno. Recuperemos la voz, reavivemos la llama, dejemos de escondernos. No tengas miedo: ser bueno tiene sentido, anunciar la verdad vale la pena, y quien camina con Dios nunca camina solo.
Referencias bíblicas:
- Carta a los Romanos 5, 12-15: Por el pecado entró la muerte, pero mucho más abundante es la gracia de Cristo.
- Evangelio según San Mateo 10, 26-33: No tengan miedo; todo lo que digan en la oscuridad será proclamado a plena luz. Quien me reconozca ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre.
- Evangelio según San Mateo 5, 3-12: Las Bienaventuranzas: la alegría del Reino en medio de las dificultades.
31/05/2026
LA GRAN AUSENCIA — FALTA DE ESPERANZA Y FALTA DE DILIGENCIA ANTE EL ESPÍRITU DE DIOS
Vivimos como ciegos ante lo más obvio y caminamos llenos de pesimismo ante lo que resulta más seguro. Esta es la paradoja más grande de nuestra época, y quizás de toda la historia: tenemos presente, en cada rincón, obrando en lo más profundo de cada ser humano, sosteniendo todo lo que existe, al Espíritu de Dios. Él es inmenso, libre, indómito, lleno de fuerza y de amor, y sin embargo actuamos como si no estuviera. Vivimos como si el mal fuera el dueño absoluto, como si el interés y la comodidad fueran las únicas leyes verdaderas, y nos quejamos de que todo está mal, de que nada cambia, de que el bien parece una utopía lejana.
Lo que falta no es la realidad de Dios, porque Él está aquí, más cerca de lo que nosotros mismos estamos de nosotros mismos. Lo que falta es nuestra capacidad de verlo, nuestra esperanza firme y, sobre todo, nuestra diligencia para cooperar con Él.
Falta esperanza, pero no esa esperanza que duda, sino esa certeza que sabe con seguridad. Hemos confundido el realismo con el pesimismo y hemos olvidado una ley fundamental: el mal no tiene sustento propio. Es solo sombra, que no es más que la ausencia de luz; es oscuridad que se desvanece en cuanto aparece una pequeña llama. Aun así, nos dejamos dominar por el miedo, por la sensación de que lo malo siempre va a ganar, como si la realidad última de las cosas fuera el caos y no el orden, como si el origen de todo fuera la maldad y no el Bien eterno. Nos quejamos de que las enseñanzas de la fe o los valores humanos no funcionan, cuando en realidad lo que hemos hecho es dejarlos encerrados solo en discursos, sin dejarlos entrar en nuestra vida cotidiana. Tenemos la garantía escrita en nuestra propia naturaleza: que el bien resiste, que la verdad perdura, que el amor siempre encuentra la forma de volver. Y sin embargo, vivimos como si todo estuviera perdido.
Lo que es más grave es que, junto a esta falta de esperanza, reina también la falta de diligencia. Hemos entendido mal todo. Pensamos que si Dios es todopoderoso y libre, entonces Él debe hacerlo todo, y nosotros solo debemos esperar sentados o, peor aún, resignarnos a ver cómo transcurren los acontecimientos. Caemos en dos errores igualmente equivocados: o bien creemos que nada importa porque “el destino ya está escrito”, o bien pensamos que todo depende exclusivamente de nosotros y nos desesperamos al comprobar que no podemos cambiar el mundo por nosotros solos. Pero esta visión no se ajusta a la realidad.
El Espíritu de Dios es Padre de los pobres, y al ser Padre nos hace hijos; al hacernos hijos, nos da parte activa en su obra. Él no suplanta nuestra libertad, sino que la llena de sentido. La promesa está hecha: el bien vencerá, las estaciones vendrán, la luz triunfará, porque así está establecido en el orden de la creación. Pero a nosotros nos toca ser los protagonistas de ese cumplimiento. Esperar no es quedarse parado mirando al cielo; esperar es saber que la cosecha llegará y, por eso mismo, arar la tierra, sembrar con paciencia y cuidar con esmero.
Lo que reclamo con fuerza es esta extraña indiferencia ante lo más grande y lo más obvio: que Dios está aquí, obrando, llamando y dándonos su fuerza indómita, y nosotros actuamos como si todo dependiera de la suerte o como si nada tuviera sentido. Nos falta comprender que la victoria del bien no es algo que ocurrirá en un futuro lejano, sino algo que se construye hoy, en cada decisión y en cada elección que tomamos. Nos falta entender que no somos simples espectadores, sino manos, pies y voz de ese Espíritu libre que no se deja encerrar ni vencer, y que espera nuestra colaboración para hacerse visible en el mundo.
Mientras no recuperemos esta forma de mirar las cosas, seguiremos caminando en la penumbra, quejándonos de la oscuridad, sin darnos cuenta de que tenemos al alcance de la mano —y dentro de nuestro propio corazón— la luz inmensa, la fuerza imparable y la certeza absoluta de que, aunque ahora percibamos solo sombras, el Bien es lo que existe desde siempre, y al final, en cada paso y en cada obra, el Bien es lo que permanece.
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