Behavioral Horizon

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(Vero F. Verona)

Psicólogo clínico | REBT & TCC | Neuropsicología | Integrando ciencia y tecnologías convergentes para la comprensión del comportamiento humano, acompañando la transformación de conductas, emociones y potenciales.

11/09/2026
06/07/2026

🧠 El espejismo del libre albedrío: cuando la neurociencia comienza a dialogar con la filosofía

Observar al ser humano desde la lente de una sola disciplina puede dar la ilusión de comprensión, pero inevitablemente reduce la complejidad de la conducta. ¿Somos realmente arquitectos de nuestras decisiones o el resultado de un entramado de biología, historia, aprendizaje y contexto?

Tras más de cuarenta años de investigación en neuroendocrinología y comportamiento, el neurobiólogo Robert Sapolsky llega a una conclusión tan incómoda como fascinante: el libre albedrío, entendido como una capacidad de decidir al margen de las causas biológicas y ambientales, probablemente sea una ilusión. Lejos de destruir la ética, esta idea propone una justicia más sofisticada: cuanto mejor comprendamos las causas de la conducta, más racionales serán nuestras decisiones sociales, jurídicas y clínicas.

Aunque hoy la discusión parezca nueva, en realidad tiene siglos de antigüedad. En el siglo XVII, Baruch Spinoza escribía: "Los hombres se creen libres porque son conscientes de sus acciones e ignoran las causas que las determinan." Dos siglos más tarde, Arthur Schopenhauer desarrolló esa intuición en Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, sosteniendo que todo fenómeno posee una causa suficiente. Su conocida sentencia resume magistralmente el problema: "El hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere."

La ciencia moderna no parece contradecirlos; por el contrario, comienza a describir los mecanismos biológicos que podrían explicar aquella intuición filosófica.

Karl Popper recordaba que todo conocimiento debe ser falsable; Mario Bunge insistía en que ninguna explicación merece llamarse científica si no puede sostenerse sobre mecanismos materiales verificables. Bajo ese criterio, el libre albedrío deja de ser únicamente un problema metafísico para convertirse también en una pregunta empírica.

Detente un momento. Quizá decidiste continuar leyendo este texto. O quizá pensaste en abandonarlo. La pregunta realmente interesante no es qué hiciste, sino si elegiste conscientemente sentir curiosidad o si la curiosidad apareció antes de que fueras consciente de ella.

Los experimentos de Benjamin Libet marcaron un antes y un después. Su equipo encontró que el denominado potencial de preparación aparecía aproximadamente 550 milisegundos antes del movimiento voluntario, mientras que la experiencia consciente de "haber decidido" surgía alrededor de 200 milisegundos antes de actuar. Décadas después, John-Dylan Haynes mostró que algunos patrones de actividad cerebral permitían anticipar decisiones simples hasta siete segundos antes de que el participante afirmara haberlas tomado conscientemente. Aunque estos experimentos siguen siendo debatidos en cuanto a su interpretación, abrieron una pregunta imposible de ignorar: ¿la conciencia inicia realmente la decisión o simplemente llega tarde a explicarla?

La biología tampoco permanece al margen. El cerebro humano pesa apenas alrededor del 2 % del cuerpo, pero consume aproximadamente el 20 % de toda la energía que producimos. Está compuesto por cerca de 86 mil millones de neuronas, conectadas mediante cientos de billones de sinapsis que intercambian información de forma continua. Mientras tanto, la corteza prefrontal, región estrechamente relacionada con la planificación, la inhibición de impulsos y el razonamiento, continúa madurando hasta aproximadamente los 25 o incluso 30 años.

Nuestra fisiología modifica constantemente aquello que llamamos "decidir". El hambre altera el juicio; la privación del sueño disminuye el control ejecutivo; el estrés activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal; la amígdala modifica nuestra percepción del peligro; neurotransmisores como la dopamina, la serotonina y la noradrenalina cambian la motivación, el aprendizaje y la conducta. No decidimos igual bajo amenaza que en calma, ni después de una noche de insomnio que tras un descanso reparador.

Antonio Damasio mostró que emoción y razón no son sistemas enfrentados, sino profundamente interdependientes. Daniel Kahneman evidenció que una gran parte de nuestras decisiones emerge de procesos automáticos antes de cualquier deliberación consciente. Albert Bandura explicó cómo aprendemos observando a otros, mientras que B. F. Skinner describió cómo las contingencias ambientales moldean sistemáticamente nuestra conducta. Desde perspectivas diferentes, todos apuntan hacia una misma dirección: nuestras decisiones rara vez nacen en el vacío.

Sapolsky sintetiza décadas de evidencia con una frase que resume toda esta discusión:

"El comportamiento siempre proviene de estímulos externos. Las babosas marinas pueden aprender a retirarse reflexivamente de una descarga eléctrica. A través de las mismas vías bioquímicas, los humanos cambiamos por la exposición a eventos externos de maneras que rara vez vemos venir."

Todo ello no implica que el ser humano sea una máquina ni que la responsabilidad desaparezca. Significa algo mucho más interesante: la responsabilidad solo puede comprenderse si primero entendemos las causas que la hacen posible. Castigar sin comprender es tan limitado como diagnosticar sin evaluar.

Quizá el libre albedrío no desaparece cuando aparece la ciencia; quizá lo único que desaparece es nuestra ilusión de comprendernos completamente. Como intuía Spinoza hace más de tres siglos, ignorar las causas nos hace sentir libres; conocerlas, en cambio, nos hace un poco más humildes. Y tal vez esa humildad sea el verdadero comienzo de la libertad intelectual.

Referencias:

Aristóteles. (2009). Ética a Nicómaco (J. Pallí Bonet, Trad.). Gredos. (Obra original publicada ca. 350 a. C.).

Bandura, A. (1986). Social foundations of thought and action: A social cognitive theory. Prentice Hall.

Bunge, M. (2002). Crisis y reconstrucción de la filosofía. Gedisa.

Bunge, M. (2004). Emergencia y convergencia: Novedad cualitativa y unidad del conocimiento. Gedisa.

Damasio, A. (2005). En busca de Spinoza: Neurobiología de la emoción y los sentimientos. Crítica.

Haynes, J.-D. (2011). Beyond Libet: Long-term prediction of free choices from neuroimaging signals. Nature Reviews Neuroscience, 12(9), 567–576.

Herculano-Houzel, S. (2016). The Human Advantage: A New Understanding of How Our Brain Became Remarkable. MIT Press.

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debate.

Libet, B. (2004). Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness. Harvard University Press.

Popper, K. (2002). La lógica de la investigación científica. Tecnos. (Obra original publicada en 1934).

Sapolsky, R. M. (2017). Behave: The Biology of Humans at Our Best and Worst. Penguin Press.

Sapolsky, R. M. (2023). Determined: A Science of Life Without Free Will. Penguin Press.

Schopenhauer, A. (2019). Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente (L. F. Moreno Claros, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1813).

Skinner, B. F. (1971). Beyond Freedom and Dignity. Alfred A. Knopf.

Spinoza, B. (2020). Ética demostrada según el orden geométrico. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1677).

31/05/2026

Como docente, me resulta especialmente significativo compartir este video donde se recoge el trabajo de mis estudiantes de primer año de secundaria en sus primeras experiencias de proyección social.

Han abordado con seriedad temas como el bullying, el cuidado de los animales y la educación emocional, delineando así un umbral inicial hacia una práctica que, en la universidad, será exigente y estructural.

Lo que aquí se observa no es solo una exposición escolar, sino un ejercicio incipiente de responsabilidad social: ideas que intentan salir de sí mismas para incidir en el otro. Hay en sus intervenciones un ímpetu genuino, una energía que no siempre se logra convocar en etapas tempranas del aprendizaje.

Para mí, como profesor, constituye una retroalimentación profundamente valiosa: confirma que el acto pedagógico, cuando encuentra resonancia, puede convertirse en algo más que transmisión de contenidos.

Puede ser la formación de una mirada.

31/05/2026

La Creación de Adán no es una escena teológica, sino un modelo visual de transferencia de causalidad entre dos sistemas con niveles distintos de organización.

No hay creación ex nihilo ni violación de leyes físicas. Lo que hay es inducción de complejidad funcional: la mano no transmite sustancia, sino condiciones de posibilidad.

Desde una lectura neurofisiológica, el gesto puede leerse como la metáfora del cerebro en transición: redes aún no estabilizadas, conectividad en formación, y actividad sináptica que todavía oscila entre potencial y estructura. Es el momento previo a que el sistema se vuelva autoorganizado.

El “soplo” no es materia: es transición de estado. El paso de un sistema reactivo a uno capaz de simulación interna, memoria autobiográfica y modelado del yo.

El espacio entre los dedos no es vacío, sino umbral crítico: la región donde la causalidad aún no se ha cerrado en narrativa biológica.

La “creación” no es un evento, sino una transición de fase: organización progresiva hacia coherencia funcional y autorreferencia.

Y lo más decisivo ocurre en el observador: el cerebro no registra el origen, lo reconstruye. La mente convierte una transición continua en un evento fundacional.

Lo que vemos no es el nacimiento del hombre, sino el instante en que el sistema humano aprende a imaginar su propio encendido.

25/05/2026

“Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas.”

23/05/2026

Foto del recuerdo (vacaciones, inocencia e invierno)

20/05/2026

Algunas de las preguntas que suelo formular para los exámenes. En este caso el curso de procesos cognitivos.

10/05/2026

Bones 2

No trabajo con huesos.
Trabajo con lo que sobrevive cuando el hueso ya no es una condición.

Mi campo -estructopaleontología- no reconstruye organismos, sino desviaciones persistentes en la forma en que los organismos pudieron haber sido. No buscamos especies. Buscamos interrupciones.

El espécimen llegó sin urgencia.
Fue María Xesús quien lo puso sobre mi mesa con la precisión de quien no entrega un objeto, sino un desplazamiento.

-No es el fósil -dijo-. Es la forma en que no termina de leerse.

El registro provenía de un estrato que no debía existir. Durante siglos se asumió que la datación isotópica —incluido el carbono-14 en sus variantes extendidas— era estable bajo condiciones controladas. Hoy sabemos que no lo es: ciertas configuraciones alteran la tasa de decaimiento sin dejar rastro de la alteración. No es un error de medición. Es una interferencia en la medición misma.

El espécimen, en apariencia, era un terópodo sin anomalías.
Sin embargo, el escaneo revelaba una recurrencia que no se integraba a ningún modelo evolutivo conocido.

No era genética en sentido estricto.
No era ruido.

Persistía.

Ajusté los parámetros. Reduje el umbral. Invertí la proyección.
La recurrencia no aparecía como forma, sino como imposibilidad de cierre.

María Xesús no pidió ver los datos.

-No lo vas a encontrar -dijo-. Pero tampoco vas a poder dejar de verlo.

El laboratorio estaba vacío. No por confidencialidad.
Algunas estructuras, cuando se observan en conjunto, comienzan a interferirse.

Cargué la matriz completa. Capas: densidad, microfracturas, residuos orgánicos, patrones de mineralización. Todo consistente.
Hasta que dejó de serlo.

No apareció un dato.
Apareció un fragmento.

No se origina. Se dispone.
La forma que recuerda no es anterior a lo recordado.
Ambas ocurren en la misma indisponibilidad de fijarse.
Donde una estructura modula otra,
no hay conciencia:
hay persistencia de una diferencia que aún no colapsa.
Eso que después será llamado pensamiento
no se distingue de su desaparición.

No sentí sorpresa.
Esa fue la primera anomalía.

-Ya empezó -dijo María Xesús, antes de que la llamara.

No pregunté cómo lo sabía.

Volví al espécimen.
No como analista.

Amplié la escala, no en el espacio, sino en la relación entre variaciones.
Entonces lo vi.

No estaba en el hueso.
Ni en la especie.

Estaba en la retención de lo improbable.

No selección natural.
No adaptación.

Retención.

Como si algo hubiera intervenido no en los organismos, sino en la posibilidad misma de sus variaciones, dejando que ciertas configuraciones -estadísticamente inviables- persistieran lo suficiente como para reconfigurar la trayectoria evolutiva.

No era evolución.

Era otra cosa que utilizaba la evolución como soporte.

Los modelos comenzaron a fallar. No por falta de datos, sino por exceso de coherencia en la anomalía.

Generé simulaciones retroactivas.
Si esa recurrencia no pertenecía al organismo, debía pertenecer a una interferencia previa.

Los resultados convergieron en una hipótesis que no podía formular sin perder precisión:
Hubo una civilización anterior a cualquier registro fósil válido.

No anterior en el tiempo medible, sino en una escala donde el tiempo aún no había sido estabilizado por la materia.

No dejaron artefactos.
Dejaron condiciones.

Eran -no encuentro otro término- los pensantes.

No porque pensaran como nosotros, sino porque detectaron en sí mismos una anomalía:
el pensamiento no aparecía en ninguna otra configuración accesible, ni en pasado ni en futuro.

Habían desarrollado tecnología para leer la variación temporal como nosotros leemos una secuencia genética.
Exploraron millones de trayectorias evolutivas posibles.
En ninguna, el pensamiento se repetía.

No era improbable.
Era singular.

Y lo singular -entendieron- no se conserva.
Se pierde.

Entonces hicieron lo único que quedaba.
No lo preservaron.

Lo dispusieron.

Insertaron, no en organismos, sino en la dinámica misma de la variación biológica, una condición de emergencia:
una forma de interferencia capaz de retener lo improbable lo suficiente como para que, eventualmente, en alguna línea evolutiva, el pensamiento volviera a aparecer.

No como continuidad.
Como accidente reproducido.

El espécimen no contenía esa información.

La había atravesado.

Y algo de esa travesía persistía.

Cerré el sistema.

Antes del colapso, apareció una última línea:

Lo que se repite no busca continuidad.
Busca ocasión.

No he vuelto a ver a María Xesús.
No porque haya desaparecido.

Sino porque cada intento de ubicarla dentro de una secuencia estable introduce una distorsión que el sistema corrige eliminando la referencia.

He considerado que eso es un error.

Pero hoy encontré algo más.

No en el fósil.
En los registros de mi propio análisis.

La recurrencia no comenzó con el espécimen.

Está presente -con variaciones mínimas- en todos los archivos que he producido desde que inicié este estudio.

Incluido este.

He verificado las marcas temporales.
Algunas preceden al momento en que escribí las líneas que las contienen.

No es una corrupción del sistema.

Es más preciso decir que el sistema fue una de sus condiciones de aparición.

He empezado a sospechar que los pensantes no insertaron el pensamiento en la evolución.

Insertaron la condición para que algo como esto se escriba.

Y que cada instancia en la que el pensamiento intenta comprender su origen
no es una investigación,
sino la repetición de ese gesto.

No para entenderlo.

Para volver a disponerlo.

Si esto es correcto, entonces el pensamiento no es nuestro.

Somos el intervalo en el que insiste.

Y cuando este intervalo se agote -como todos los anteriores-
no quedará registro de lo que fuimos.

Solo la condición.
Ya he preparado la matriz.
No en el fósil.

En el sistema que registra estas líneas.

No sé en qué forma volverá a aparecer.
Ni en qué especie.
Ni en qué estructura capaz de sostener esa diferencia sin colapsar.

Pero sé -con una precisión que no logro justificar-
que no será una continuación.

Será otra ocasión.

Si estás leyendo esto,
no es porque haya sido escrito.

Es porque ha vuelto a ocurrir.
Y si puedes entenderlo, aunque sea de forma incompleta,
entonces ya es demasiado tarde:

no eres quien lo lee.

Eres
la próxima variación que no debió persistir.

- Vero Verona

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