CBMC Puerto Rico
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Somos una organización sin fines de lucro dedicada a llevar mensajes de esperanza, ética y valores bíblicos a los entornos laborales con el fin de crear ambientes de respeto y bienestar.
MANÁ del Lunes
*CUÁNDO HABLAR Y CUÁNDO GUARDAR SILENCIO*
Robert J. Tamasy
Recientemente, una frase publicada en una plataforma profesional de redes sociales llamó mi atención. Decía así:
«Mis padres me dijeron que si tragaba un chicle, permanecería en mi estómago durante siete años. Mi maestro me dijo que si accidentalmente me comía una semilla de sandía, una planta crecería dentro de mí. Sin embargo, nadie me dijo que si me tragaba las palabras que necesitaba decir, permanecerían dentro de mí mucho más de siete años y crecerían mucho más descontroladamente que cualquier planta».
¿Qué te dice esto? Yo entiendo que significa que, si tengo algo en mente, algo que me está molestando, sería mejor expresarlo que mantener esas palabras dentro de mí, sin decirlas. No estoy seguro de estar de acuerdo con eso, al menos no siempre.
Hay ocasiones en las que es legítimo —e incluso aconsejable— expresar lo que estamos pensando, ya sea una queja, una preocupación, una opinión, algo que nos ha hecho enojar o un asunto con el que estamos en desacuerdo. Hay beneficios en expresar lo que pensamos, especialmente si lo que tenemos que decir puede contribuir a una mayor comprensión o presentar una perspectiva diferente.
Sin embargo, hay otras ocasiones en las que es mejor no expresar nuestros pensamientos, especialmente si lo hacemos movidos por la ira, sin considerar el posible impacto negativo de nuestras palabras. Expresar en voz alta nuestros pensamientos y sentimientos puede hacernos sentir mejor, pero también puede causar mucho daño. _«…la lengua es una parte pequeña del cuerpo, pero hace alarde de grandes cosas. ¡Consideren qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el in****no, prende a su vez fuego a todo el curso de la vida»_ (Santiago 3:5-6, NVI).
¿Cuál de las dos opciones es la correcta? ¿Debemos expresar lo que genuinamente pensamos y sentimos, o debemos abstenernos de hablar por temor al daño que podríamos causar? La respuesta es sencilla: depende de las circunstancias y de lo que se está diciendo. Estos son algunos principios para evaluar lo que decimos y la manera en que lo decimos:
1. *Usemos nuestras palabras con moderación*. Cuando se trata de palabras, a veces cuanto menos se diga, mejor. Mientras más hablamos, mayor es la posibilidad de expresar algo de lo que podríamos arrepentirnos. _«El que mucho habla, mucho yerra; el que es sabio refrena su lengua»_ (Proverbios 10:19, NVI). _«Hasta los necios pasan por sabios si permanecen callados; parecen inteligentes cuando mantienen la boca cerrada»_ (Proverbios 17:28, NTV).
2. *Hablemos cuando podamos beneficiar a otros*. Nuestras palabras pueden ser herramientas poderosas para hacer el bien cuando se utilizan sabiamente y en el momento oportuno. La Biblia dice: _«No digan malas palabras. Al contrario, digan siempre cosas buenas, que ayuden a los demás a crecer espiritualmente, pues eso es muy necesario»_ (Efesios 4:29, TLA). _«Las palabras amables son como la miel: endulzan la vida y sanan el cuerpo»_ (Proverbios 16:24, TLA).
3. *Expresemos nuestros pensamientos con cautela y no apresuradamente*. Algunas personas tienen la tendencia a hablar antes de pensar o de considerar primero el impacto de lo que están diciendo. El rey Salomón expresó: _«El que refrena su lengua protege su vida, pero el ligero de labios provoca su ruina»_ (Proverbios 13:3, NVI). La Biblia nos dice: _«Mis amados hermanos, todos deben ser rápidos para escuchar, lentos para hablar y lentos para enojarse»_ (Santiago 1:19, NTV).
4. *Expresemos ideas que hayan sido cuidadosamente consideradas*. Hablar impulsivamente puede convertirse en un mal hábito. Una vez que las palabras han sido pronunciadas, no podemos presionar un botón de «Borrar» como podemos hacerlo en la computadora. _«Hay gente cuyas palabras son puñaladas, pero la lengua de los sabios sana las heridas»_ (Proverbios 12:18, RVC). _«Hablar poco es de sabios; la gente inteligente mantiene la calma»_ (Proverbios 17:27, TLA).
*Preguntas de reflexión/discusión*
1. Piensa en una ocasión en la que decidiste no decir algo y después te diste cuenta de que debiste haberlo dicho. ¿Por qué crees que debió expresarse y por qué no lo dijiste?
2. Piensa en otra ocasión en la que sí dijiste lo que tenías en mente, pero después te arrepentiste, ¿quizás incluso inmediatamente? ¿Cuál fue el impacto de lo que dijiste y que debió haberse mantenido en silencio?
3. Vivimos en un mundo lleno de palabras, donde las personas tienden a decir lo que tienen en mente, cuando ellas deciden hacerlo, ya sea en las noticias o programas de entrevistas, en mítines políticos, en espacios públicos, en reuniones de negocios o en el hogar. ¿Cuáles son las consecuencias de lo que podríamos llamar «hablar sin freno»?
4. ¿Por qué crees que las palabras habladas tienen tanto poder, tanto para el bien como para el mal? ¿Qué piensas del dicho: «Los palos y las piedras pueden romper mis huesos, pero las palabras nunca podrán lastimarme»?
> NOTA: Si tienes una Biblia y te gustaría leer más, considera los siguientes pasajes: Proverbios 12:18; Mateo 12:36-37; Colosenses 3:8, 4:6; 1 Tesalonicenses 5:11; Santiago 1:26, 30
*Desafío para esta semana*
¿Qué tipo de comunicador verbal eres? ¿Eres alguien que se apresura a expresar lo que piensa o alguien que considera sus palabras antes de pronunciarlas? Esta semana intenta reunirte con alguien de confianza y hablar sobre esto. Quizás podrías pedirle que ore para que puedas ejercer mayor discreción en lo que dices. O tal vez tengas un amigo o colega que podría beneficiarse de alguna crítica constructiva con respecto a su manera de hablar.
MANÁ del Lunes
*LA INFLUENCIA IMPORTA MÁS QUE LA POSICIÓN*
Sergio Fortes
Durante muchos años, el liderazgo ha sido considerado ampliamente como una consecuencia natural de ocupar una posición de autoridad. Si tienes el estatus, se piensa, debes ser un líder. Se asumía que el simple hecho de recibir un título, asumir un rol de liderazgo o pasar a ocupar un puesto de mayor nivel generaría automáticamente influencia. Sin embargo, la realidad nos dice algo diferente.
Una posición puede otorgar autoridad formal, pero no garantiza autoridad moral. Puede asegurar que las personas que el ejecutivo tiene bajo su responsabilidad cumplan con lo que se les pide, pero rara vez garantiza que le seguirán admiración, confianza o un compromiso genuino.
El mayor ejemplo de liderazgo en la historia proviene de alguien que nunca ocupó un cargo político ni comandó un ejército. Jesús de Nazareth influyó en las personas no mediante la autoridad que poseía, sino a través de la congruencia entre lo que enseñaba y la manera en que vivía. Cuando Jesús declaró: _«Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos»_ (Marcos 10:43-44 NVI), estaba estableciendo una distinción radical.
Sus discípulos acababan de disputarse posiciones, argumentando acerca de quién de ellos sería el más importante. En contraste, Jesús presentó un modelo de liderazgo —el liderazgo de servicio— que continúa desafiando a las organizaciones y a los líderes hasta el día de hoy. Lo resumió al declarar: _«Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos»_ (Marcos 10:45 NVI).
La influencia no consiste en obligar a las personas a obedecer. Consiste en inspirarlas a creer: en sí mismas, en su líder y en la misión y los objetivos que comparten. Cuando la influencia es auténtica, las personas no trabajan simplemente porque están obligadas a hacerlo. Trabajan porque comprenden el propósito, tienen confianza en su líder y realmente desean contribuir a algo más grande que ellos mismos.
Dentro de las organizaciones, esta distinción es fácil de reconocer. Es común encontrar gerentes que dependen de su posición para controlar a las personas, suponiendo que, debido a que son «el jefe», sus subordinados no tienen otra opción que cumplir con lo que se les indica. Mientras tanto, los verdaderos líderes son aquellos que conquistan a las personas mediante su ejemplo. Ambos pueden alcanzar resultados medibles, pero solo uno construye equipos comprometidos, lugares de trabajo saludables y confianza duradera.
La influencia genuina nace donde la credibilidad se encuentra con la congruencia. Crece cuando las palabras y las acciones avanzan en la misma dirección. El apóstol Pablo comprendió este principio cuando escribió a los seguidores de Jesús en la antigua Corinto: _«Y ustedes deberían imitarme a mí, así como yo imito a Cristo»_ (1 Corintios 11:1 NTV). Pablo no apeló a su título apostólico ni a su estatus como alguien que había conocido personalmente a Jesús. Apeló al ejemplo de su propia vida. Ese sigue siendo el mayor recurso que cualquier líder puede poseer.
Las personas pueden obedecer a una posición. Su seguridad laboral puede depender de ello. Pueden respetar la jerarquía organizacional. Pero seguirán con confianza y compromiso sinceros únicamente al líder cuyo carácter inspire confianza. La influencia del liderazgo nunca ha sido un privilegio reservado únicamente para quienes ocupan altos cargos, quienes tienen oficinas privilegiadas y cuyos nombres aparecen en la parte superior de los organigramas. Es una responsabilidad confiada a todo aquel que decide servir en lugar de ser servido.
Al final, las posiciones vienen y van. Las organizaciones evolucionan. Las estructuras se rediseñan. Sin embargo, la influencia que un líder ejerce sobre la vida de las personas puede perdurar durante muchos años. Porque el liderazgo no se trata, ante todo, de una posición. Se trata de influencia —construida diariamente mediante el carácter, fortalecida por el ejemplo y confirmada por la manera en que tratamos a las personas.
De manera constante, todo líder debería preguntarse honestamente: ¿Mi equipo me sigue simplemente porque ocupo una posición, o porque mi vida inspira su confianza?
*Preguntas de reflexión/discusión*
1. ¿Cómo definirías «liderazgo»? Ahora, ¿cómo definirías «influencia»? ¿Cuál crees que es la diferencia?
2. ¿Por qué crees que el concepto de liderar sirviendo a los demás parece ser un concepto tan extraño en gran parte del mundo empresarial actual?
3. ¿Existe el peligro de que, al decidirse a servir humildemente a los demás, esto pudiera terminar debilitando el impacto de una persona como líder? Explica tu respuesta.
4. Piensa en algunos líderes que te inspiran y motivan, que han logrado sacar lo mejor de ti. ¿Han demostrado el tipo de influencia descrito en este Maná del Lunes?
NOTA: Si tienes una Biblia y te gustaría leer más, considera los siguientes pasajes: Lucas 22:27; Juan 6:38, 13:14-15; Gálatas 5:13-14; Filipenses 2:3-7.
*Desafío para esta semana*
Dedica un tiempo esta semana a evaluar el tipo de influencia que tienes en tu lugar de trabajo. Ya sea que ocupes una posición elevada dentro de tu empresa u organización, o que tengas un rango inferior en la jerarquía corporativa, aún puedes ejercer influencia sobre las personas con las que trabajas. Habla de esto con un amigo de confianza, mentor o asesor, e invítalo a orar por ti mientras te esfuerzas por convertirte en una persona de gran influencia para Jesucristo.
MANÁ del Lunes
*CAMINANDO CONTRACORRIENTE EN UN MUNDO IMPULSADO POR LAS GANANCIAS*
Chris C. Simpson
Sigue a Cristo en el mundo empresarial durante suficiente tiempo y lo sentirás. Una presión silenciosa, siempre en la misma dirección. El ambiente quiere que te muevas con él. Cierra el trato como todos los demás lo hacen. Mantén contentos los números y guarda tus convicciones para ti. La corriente es real y fluye hacia las ganancias.
La Biblia muestra a menudo este choque. Simón el mago observó a los apóstoles e intentó comprar el poder del Espíritu Santo como si fuera otra transacción (Hechos 8:18-24). Demetrio, el platero, provocó un disturbio en Éfeso cuando el evangelio afectó su negocio de ídolos (Hechos 19:24). En Filipos, una esclava fue liberada de la opresión demoníaca y sus dueños reaccionaron violentamente porque sus ingresos desaparecieron en el momento en que cayeron sus cadenas (Hechos 16:16-19).
Observa qué fue lo que realmente encendió la mecha. En cada caso, fue el dinero. Cuando Jesucristo avanza, alguien suele sentir primero el impacto en sus ingresos, y ahí es donde comienza la resistencia. Nada de esto debería sorprender a un creyente. El evangelio da la vuelta a una persona. Todos los demás se dejan llevar por la cultura, mientras que el discípulo de Jesús se vuelve para enfrentarla y comienza a nadar contracorriente.
Imagina una acera de una ciudad abarrotada. Cientos de personas avanzando en la misma dirección, con el teléfono en la mano y un café en la otra. Entonces un hombre se da la vuelta y camina directamente contra la multitud. Primero, las miradas de desconcierto. Luego, los empujones de hombros. Alguien murmura. Alguien exige saber por qué no sigue avanzando con todos los demás. La fidelidad a Cristo muchas veces se siente así.
El evangelio transforma a una persona desde su interior. Los deseos cambian. Las motivaciones cambian. Las ganancias dejan de ocupar el trono y se convierten en una herramienta. Las decisiones dejan de inclinarse ante la ganancia material y comienzan a responder a la obediencia. El enfoque pasa del yo a Cristo. Y cuando eso sucede, las cosas quedan expuestas. Jesús lo dijo claramente: _«Y esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas»_ (Juan 3:19, NVI). La luz no tiene que gritar para alterar una habitación oscura. Simplemente brilla.
Un creyente que trabaja con integridad expone suposiciones que las personas nunca pensaron cuestionar. Prácticas que siempre parecieron normales de repente generan incomodidad bajo la luz. Las conversaciones se vuelven más silenciosas. Las decisiones toman más tiempo. Aparecen límites donde antes nadie había trazado ninguno. Nadie puede decir por qué. La luz, de todos modos, inquieta el ambiente. La codicia funciona mejor en la oscuridad; cuando se encienden las luces, se retuerce. Algunos se sentirán expuestos. Algunos supondrán que los estás juzgando aunque no hayas dicho una palabra. Otros se resistirán porque tu obediencia interrumpe la corriente que ya estaban siguiendo y disfrutando.
Las Escrituras nos preparan para ello: _«Pues todo el que pertenezca a Jesucristo y quiera vivir dedicado a Dios será perseguido»_ (2 Timoteo 3:12, RVC). La mayoría de las veces, no aparecerá en los titulares. Se manifestará de maneras más silenciosas. Un negocio que se esfuma. Un ascenso que pasa de largo. Invitaciones que dejan de llegar. Presión, sutil pero aun así presión.
Pero la fricción no es fracaso. A veces es el indicador más claro de que la corriente predominante es real y de que ya no estás flotando en ella. Los peces mu***os flotan corriente abajo. Los peces vivos nadan contra la corriente. Dios siempre ha usado a hombres y mujeres dispuestos a caminar en la dirección que le mundo considera equivocada en medio de una acera abarrotada. No son ruidosos. No son arrogantes. Simplemente son firmes. Y mediante esa silenciosa obediencia, Él despierta a personas que nunca supieron que estaban dejándose llevar. Algunos de los que hoy se sienten irritados por tu manera de caminar quizá algún día le den gracias a Dios porque te negaste a dar la vuelta.
*Preguntas para reflexión y diálogo*
1. ¿Hacia dónde te está empujando la corriente para que te dejes llevar en el trabajo actualmente? Nombra aquello específico que el ambiente quiere que hagas, pero que sabes que no es lo correcto.
2. En el libro de los Hechos del Nuevo Testamento, la resistencia rara vez tenía que ver con la doctrina. Tenía que ver con los ingresos amenazados. ¿En qué situaciones la resistencia a tu integridad podría estar relacionada principalmente con las ganancias de alguien, quizá incluso con las tuyas?
3. La fricción no es fracaso. ¿En qué situación la fidelidad te ha costado algo últimamente —un negocio, un ascenso, una invitación— y cómo estás percibiendo y respondiendo ante ese costo?
4. Piensa en alguien que conozcas que haya nadado con éxito contra la corriente de las ganancias, aun cuando eso le haya resultado costoso a corto plazo. ¿Cómo respondió esa persona? ¿Cuál fue tu reacción ante sus acciones o decisiones?
NOTA: Si tienes una Biblia y deseas leer más, considera los siguientes pasajes: Mateo 5:14-16; Juan 3:19-21; Hechos 16:16-24; Romanos 12:2; Efesios 5:11; 2 Timoteo 3:2
*Desafío para esta semana*
Nombra un lugar en el que esta semana necesitas seguir nadando contracorriente en lugar de dejarte llevar. Dilo en voz alta a tu equipo de CBMC o a un compañero de discipulado de confianza, y pídeles que oren para que permanezcas firme con un valor sereno. Después, observa la fricción. Cuando llegue la fricción, como probablemente sucederá, tómala como evidencia de que sigues vivo en medio de la corriente, y no como una prueba de que has fracasado.
MANÁ del Lunes
*DEMOSTRANDO AMOR A LOS DEMÁS EN LOS NEGOCIOS*
Rick Boxx
Cuando los vendedores demuestran que les importa más lo que es mejor para mí, en lugar de concentrarse en lo que es mejor para ellos mismos, puede ser muy reconfortante. El año pasado, estaba hablando con el director ejecutivo de una empresa de tecnología acerca de las necesidades de software de nuestra compañía. Este ejecutivo es propietario de una respetada empresa de software que presta servicios a varias organizaciones sin fines de lucro.
Después de escucharme explicar nuestras necesidades, el director ejecutivo respondió de una manera que me sorprendió. Dijo: «Probablemente podríamos hacer que nuestro software funcionara para ustedes, pero, sinceramente, Rick, no sería la mejor opción para ustedes». ¿Cómo te sentirías si alguien te respondiera de esa manera, admitiendo de buena gana que estarías mejor comprando un producto similar de otra empresa?
No sé tú, pero yo me sentí valorado —y amado— por su respuesta sincera. Fue un ejemplo muy real de lo que Jesús enseñó cuando nos exhortó a «Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes» (Lucas 6:31, NVI). Ese vendedor se puso efectivamente en mi lugar y reconoció que nuestra organización debía encontrar a alguien con mayor experiencia en el área en la que necesitábamos ayuda.
Muchas veces, en el mundo de los negocios, el énfasis está en cerrar la venta, sin importar lo que haya que hacer para lograrlo. Por eso, algunas personas engañan a sus clientes y hacen promesas que saben que no podrán cumplir. Lo único que les importa es la venta, la comisión, la ganancia. Sin embargo, como seguidores de Cristo, se nos ordena demostrar Su amor a los demás en cada interacción y encuentro que tengamos, ya sea al presentar una propuesta de ventas, tener una conversación informal o intentar ayudar a alguien a resolver un problema que enfrenta.
La Biblia enseña que el amor —incondicional y, en ocasiones, sacrificial— es una de las señales distintivas de servir al Señor y a los demás: «Queridos hermanos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de él y lo conoce» (1 Juan 4:7, NVI). Decir la verdad, aun cuando nos perjudique personalmente o tenga un impacto negativo en lo que intentamos lograr, es una manera en que podemos reflejar el amor de Cristo a los demás en el mundo de los negocios.
En el libro del Nuevo Testamento de Filipenses, encontramos una comparación interesante que muestra cómo podemos destacar en el mundo competitivo, a menudo despiadado, de los negocios. Se nos instruye a comportarnos _«para que sean intachables y puros, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y depravada. En ella ustedes brillan como estrellas en el mundo»_ (Filipenses 2:15, NVI). Observa que no dice que nosotros somos las estrellas. Dice que debemos «brillar como estrellas». En otras palabras, debemos ser más como la luna, que refleja la luz del sol. Nosotros reflejamos el amor de Cristo.
Además de ser eficaces como «embajadores de Cristo» (2 Corintios 5:20), existe un segundo beneficio de ser honestos en una situación de ventas. Ayuda a generar confianza y comunica a los clientes y posibles clientes que pueden depender de nosotros. El libro de Proverbios lo expresa claramente: _«Quien se conduce con integridad, anda seguro; quien anda en caminos perversos será descubierto»_ (Proverbios 10:9, NVI). _«La honestidad guía a la gente buena; la deshonestidad destruye a los traicioneros»_ (Proverbios 11:3, NTV).
El ejecutivo de ventas al que me referí anteriormente eligió admitir honestamente que su producto de software no cubriría nuestras necesidades, pero sabía que, cuando tuviéramos otras necesidades de software, nos sentiríamos confiados en considerar su empresa y recomendarlo como alguien digno de confianza. Cuando recibimos amor, queremos demostrar amor.
*Preguntas para reflexión y diálogo*
1. ¿Alguna vez has tenido una experiencia similar, al tratar con un vendedor que admitió que su producto o servicio no era adecuado para lo que necesitabas? ¿O alguna vez has estado en la posición de decirle a un posible cliente que estaría mejor trabajando con otra empresa?
2. ¿Por qué es tan difícil demostrar integridad —y amor— a los demás cuando existe la posibilidad de que una venta esté en riesgo?
3. «Amor» no es un término que escuchemos con frecuencia en el mundo empresarial y profesional, por lo que, cuando lo vemos en acción, puede resultar casi impactante. Jesús dijo que debemos «amar a tu prójimo como a ti mismo». ¿Con qué frecuencia crees que piensas en esto cuando participas en transacciones comerciales?
4. Considera qué otros beneficios podrían obtenerse al ser directos y honestos acerca de lo que tus productos o servicios pueden y no pueden hacer. ¿Qué pasaría si no hubiera una «segunda oportunidad» después de admitir que lo que estás vendiendo no es lo mejor para los intereses del cliente? ¿Seguiría valiendo la pena tu demostración de «amor»?
*NOTA*: Si tienes una Biblia y deseas leer más, considera los siguientes pasajes: Romanos 13:8-10; 15:2; 1 Corintios 10:23-24; Gálatas 5:24; Filipenses 2:3-4.
*Desafío para esta semana*
Esta semana, intenta hacer una pausa por un momento y considerar lo que significa demostrar amor en el mundo de los negocios, incluso con desconocidos o personas que no conoces bien. Habla sobre esto con un amigo, mentor, consejero de confianza o grupo pequeño del que formes parte. Anímalos a compartir sus perspectivas.
MANÁ del Lunes
*CUANDO TODO SE HAYA DICHO Y HECHO*
Robert J. Tamasy.
Ya sea que apenas estés comenzando o que te acerques al final de tu trayectoria laboral, ¿cuál es tu visión para tu carrera? Si pudieras escribir por anticipado un resumen de lo que esperas haber logrado cuando termine tu vida laboral, ¿qué incluiría?
Todos afrontamos nuestros trabajos y carreras desde perspectivas diferentes, con una diversidad de metas y objetivos. Para algunos, el dinero es la prioridad: quieren ganar tanto como sea posible durante el mayor tiempo posible. Otros tienen un objetivo similar, pero con la intención de ganar y ahorrar lo suficiente para poder jubilarse cómodamente y dedicarse a lo que realmente desean hacer. Su principal motivación en el trabajo es llegar al día en que puedan dejar de trabajar.
Algunas personas buscan crecer profesionalmente, ya sea ascendiendo en la estructura corporativa o iniciando y desarrollando una empresa exitosa. Buscan tanto el éxito como el reconocimiento. Otros trabajan porque realmente disfrutan lo que hacen y encuentran satisfacción en su profesión. Están experimentando lo que observó el autor del libro de Eclesiastés: _«Es bueno que la gente coma, beba y disfrute del trabajo que hace bajo el sol durante el corto tiempo de vida que Dios le concedió, y que acepte su destino»_ (Eclesiastés 5:18 NTV).
Sean cuales sean tus metas y objetivos profesionales, persíguelos con un plan que te permita alcanzarlos. Sin embargo, cuando todo se haya dicho y hecho acerca del trabajo que realizaste, ¿qué permanecerá? Esta es una pregunta que ha planteado Patrick Morley, autor y conferencista reconocido por su trabajo en temas relacionados con los hombres. Esta semana, mientras revisaba algunos archivos, encontré la siguiente reflexión que Morley publicó hace algunos años en las redes sociales:
> «Esta mañana trataba de recordar el nombre de aquel empresario enormemente exitoso y reconocido filántropo de Tampa, Florida, que alguna vez fue dueño de los Tampa Bay Buccaneers, un equipo profesional de fútbol americano. Su nombre aparecía constantemente en las noticias. Era mucho más conocido de lo que tú o yo jamás seremos, pero diez años después de la última vez que escuché su nombre, no puedo recordarlo. Y hay muchos más como él».
Yo tampoco recuerdo el nombre de aquel hombre. Es posible que haya hecho mucho bien con sus recursos económicos y su influencia, pero la popularidad y la fama son pasajeras. Ya sea que se trate de un artista famoso, un músico talentoso, un destacado director ejecutivo, un reconocido cirujano, un abogado prestigioso o un atleta excepcional, tarde o temprano su tiempo bajo los reflectores terminará y será reemplazado por alguien más que disfrutará de su «momento de gloria». Así que esta es la pregunta que plantea Morley: ¿Quién recordará tu nombre diez años después de que mueras? Puede que no sea fácil responderla, pero es una excelente pregunta para establecer las prioridades de tu vida.
Dios utilizó al profeta Isaías para llamar al pueblo de Israel al arrepentimiento. Aunque los israelitas solían ser obstinados y desobedientes, el Señor nunca olvidó las promesas de su pacto con ellos. Por medio del profeta dijo: _«No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú… Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé…»_ (ver Isaías 43:1-4).
Primero, es importante no olvidar jamás que Dios nos ha llamado a servirle y a participar en sus propósitos eternos. Segundo, no existe una inversión mayor que dedicar nuestra vida a otras personas, presentándoles a Jesucristo y ayudándolas a crecer en su fe, para que ellas puedan hacer lo mismo con otros. Como exhortó el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo: _«Me has oído enseñar verdades, que han sido confirmadas por muchos testigos confiables. Ahora enseña estas verdades a otras personas dignas de confianza que estén capacitadas para transmitirlas a otros»_ (2 Timoteo 2:2 NTV).
*Preguntas para reflexionar y dialogar*
1. Si tuvieras que resumir ahora mismo lo que esperas haber logrado a través de tu vida y tu trabajo cuando esta llegue a su fin, ¿qué pensamientos vienen a tu mente?
2. Piensa en algunos ejemplos de personas que alguna vez fueron «nombres conocidos por todos», pero que con el tiempo han quedado relegadas a las páginas de la historia. Por ejemplo, ¿quién ganó el Óscar al mejor actor en 2012? ¿Quién fue nombrado jugador más valioso de tu deporte favorito en 2006? ¿Quién fue elegido «persona del año» por una revista reconocida en 1997?
3. ¿Cuál sería tu respuesta a la pregunta: «¿Quién recordará tu nombre diez años después de que mueras?»?
4. ¿Qué pasos podríamos dar para asegurarnos de dejar una huella positiva e imborrable que perdure mucho después de que termine nuestra carrera profesional o nuestra vida en la tierra? ¿Qué significa mantener una perspectiva eterna de nuestra vida?
NOTA: Si tienes una Biblia y deseas leer más, considera los siguientes pasajes: Eclesiastés 3:11; Mateo 28:19-20; 1 Corintios 4:1-2; Filipenses 4:9; 2 Timoteo 1:13, 4:2.
*Desafío para esta semana*
Muchas personas exitosas en el ámbito empresarial y profesional han reconocido: «Subí por la escalera corporativa, solo para descubrir que estaba apoyada contra la pared equivocada». En otras palabras, aquello que esperaban alcanzar y que pensaban que les daría satisfacción no resultó ser lo que imaginaban.
Esta semana podría ser provechoso buscar a un colega, asesor o grupo pequeño con quien puedas conversar sobre sus respectivas metas y expectativas profesionales, para evaluar si están avanzando en la dirección correcta desde una perspectiva de largo plazo, incluso desde una perspectiva eterna.
MANÁ del Lunes
*ESCUCHAR TAMBIÉN ES LIDERAR*
Erenia Mendoza.
Vivimos en una generación que ha aprendido a responder con rapidez. Al mismo tiempo, ha olvidado cómo escuchar con profundidad. En reuniones, conversaciones e incluso en nuestras relaciones, muchas veces escuchamos apenas lo suficiente para preparar nuestra próxima respuesta. Pero la Biblia nos muestra un camino diferente. Nos enseña que la verdadera influencia no comienza cuando hablamos, sino cuando hacemos que alguien se sienta visto, comprendido y valorado.
En el Nuevo Testamento, Santiago 1:19 nos exhorta: _«Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse»_ (NTV). Jesús practicó constantemente este principio de escuchar con atención. Quizá una de las características más poderosas de su liderazgo fue precisamente la manera en que escuchaba a las personas. Al observar la vida de Cristo, nos damos cuenta de que no solo enseñó estos principios: los vivió. Veamos algunos ejemplos:
1. *Escuchar sin interrumpir*. En Lucas 24 leemos que, camino a Emaús, dos discípulos caminaban frustrados y decepcionados después de la crucifixión. Jesús resucitado se acercó a ellos y les preguntó: «¿Qué vienen discutiendo por el camino?». Él ya sabía exactamente lo que había sucedido, pero les permitió pacientemente expresar lo que llevaban en el corazón antes de responder. ¿Cuántas veces hacemos nosotros lo contrario? Interrumpimos, sacamos conclusiones apresuradas o intentamos solucionar todo demasiado rápido.
2. *Mostrar un interés genuino*. Cuando Jesús se encontró con la mujer samaritana junto al pozo, como se relata en Juan 4, no comenzó la conversación con una condena ni con un discurso preparado. Comenzó creando un vínculo. En una cultura en la que aquella mujer era ignorada y rechazada, Jesús hizo que se sintiera importante. Vio su sed espiritual incluso antes de confrontar sus heridas. Las personas pueden darse cuenta cuando escuchamos simplemente por cortesía, pero también perciben cuando nuestra atención está acompañada de un amor genuino.
3. *Hacer preguntas antes de suponer las respuestas*. Un hombre ciego llamado Bartimeo gritó a la orilla del camino: _«¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!»_ (ver Marcos 10:46-52). Jesús se detuvo y le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Jesús ya conocía la respuesta y, aun así, decidió preguntarle. Escuchar también significa dar dignidad a los demás. Muchas veces suponemos cuáles son las necesidades de las personas sin comprender realmente su dolor.
4. *Escuchar más allá de las palabras*. Jesús percibía con frecuencia lo que nadie más podía escuchar. Vio el temor oculto en Pedro, la vergüenza de la mujer samaritana y la frustración de los discípulos camino a Emaús. Escuchar activamente no consiste solamente en oír palabras. Significa percibir emociones, silencios, expresiones y necesidades que no siempre son visibles. En el trabajo, en el hogar y en nuestras relaciones, las personas rara vez expresan todo de manera explícita. El liderazgo maduro aprende a escuchar incluso aquello que no se dice.
5. *Responder con gracia y verdad*. Jesús nunca escuchaba simplemente para obtener información. Su manera de escuchar siempre producía cuidado, dirección y transformación. Después de escuchar, animaba, confrontaba cuando era necesario, sanaba, enseñaba y restauraba. Quizá el problema actual no sea solamente la falta de comunicación, sino la falta de presencia. Estamos rodeados de personas que desean ser tomadas en cuenta y anhelan encontrar a alguien que realmente las escuche. Una de las mejores maneras de representar a Cristo con nuestra vida es sencillamente esta: detenernos, mirar, escuchar y amar a las personas mediante el regalo incondicional de nuestra atención.
Escuchar requiere humildad. Requiere paciencia. Requiere un interés genuino. Y eso se parece mucho a Cristo. Escuchar con atención es una manera silenciosa de amar. Las personas influyentes no siempre son las que más hablan, sino, muchas veces, las que hacen que los demás se sientan importantes.
*Preguntas para reflexión y discusión*
1. ¿Cuál es la diferencia entre oír y escuchar? Desde tu perspectiva, ¿existe realmente una diferencia?
2. ¿Por qué crees que en nuestro mundo actual es tan común que las personas tengan dificultades para escuchar sinceramente a los demás?
3. ¿Hay alguien que conozcas que se destaque por saber escuchar con atención? ¿Qué tiene esa persona que la hace sobresalir como alguien que realmente sabe escuchar a los demás?
4. De las diferentes formas de escuchar que se mencionan en este Maná del Lunes, ¿hay alguna que te parezca más importante que las demás? ¿En cuál de ellas crees que personalmente podrías mejorar?
NOTA: Si tienes una Biblia y deseas leer más, considera los siguientes pasajes: Proverbios 10:8, 10:19, 11:13, 12:23, 15:23, 16:21, 17:27-28, 18:13, 20:12, 25:12.
*Desafío para esta semana*
Nunca está de más hacer una autoevaluación sincera. Durante tus conversaciones o mientras participas en reuniones, intenta dar un paso atrás y observarte. ¿Realmente estás escuchando a los demás o estás esperando impacientemente el momento de intervenir con tus propias ideas?
Busca también la perspectiva de otras personas: amigos de confianza, alguien con quien tengas una relación de rendición de cuentas, un mentor o un grupo de CBMC del que formes parte. Incluso puedes preguntarle a alguien que esté bajo tu responsabilidad en el trabajo. Pregúntales cómo calificarían tu capacidad para escuchar y si sienten que realmente los escuchas cuando interactúas con ellos.
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