Let's think

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Estudio sincero de la Palabra de Dios. Dejemos que el Espiritu Santo tome control de nuestras mentes. Apliquemos la Palabra de Dios en nuestras vidas.

Dejemos que El nos use, la gloria es para El.

08/05/2026

Let’s Think: “Aceptando todo lo que viene de Dios”
5 de agosto de 2026

Versículo enfocado

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.”
(Romanos 8:28, RVR60)

Reflexión

Pensemos por un momento en esta afirmación del apóstol Pablo: “todas las cosas les ayudan a bien.”

No dice algunas cosas.
No dice solamente las cosas agradables.
No dice únicamente los días claros, las respuestas rápidas, las puertas abiertas o las bendiciones fáciles de recibir.

Dice: “todas las cosas.”

Esta es una de esas verdades que el creyente no siempre puede explicar completamente, pero sí puede abrazar con fe. Dios gobierna todas las cosas para el bien de los que le aman y han sido llamados conforme a su propósito.

Esto incluye los días luminosos y los días oscuros.
Las alegrías que recibimos y las lágrimas que no esperábamos derramar.
Las respuestas rápidas y las esperas largas.
Las puertas abiertas y las puertas cerradas.
Las temporadas de abundancia y los caminos estrechos donde apenas entendemos lo que Dios está haciendo.

El creyente sabe que Dios está al timón aun cuando la embarcación parece sacudirse con violencia. Las olas pueden levantarse. Los vientos pueden soplar con fuerza. La noche puede parecer larga. Pero el Señor no ha perdido el control.

Hay una mano invisible guiando la nave de la providencia, y esa mano pertenece a nuestro Padre sabio, bueno y soberano.

Pensemos en esto con calma: Romanos 8:28 no significa que todo lo que ocurre sea bueno en sí mismo. Hay pérdidas dolorosas. Hay injusticias reales. Hay sufrimientos profundos. Hay pruebas que hieren el alma. La Biblia no nos llama a negar el dolor ni a llamar dulce lo que es amargo.

Pero sí nos enseña que Dios puede tomar aun lo amargo y hacerlo servir para un propósito santo.

Como una medicina fuerte que, bien administrada, ayuda a sanar; como el bisturí que duele pero remueve lo que enferma; así también Dios usa circunstancias difíciles para purificar, corregir, fortalecer, humillar y acercar más a Cristo a los suyos.

Lo que en sí mismo parece pérdida, en las manos de Dios puede convertirse en instrumento de gracia.

El creyente puede descansar porque sabe que Dios es sabio. No hay errores en su providencia. No hay accidentes fuera de su dominio. No hay detalle que escape a su mirada. Nosotros vemos apenas una parte del camino; Él ve el propósito completo.

Nosotros sentimos el golpe de la prueba; Él conoce el fruto que producirá.
Nosotros preguntamos: “¿por qué?”; Él está obrando el “para qué” de su voluntad eterna.
Nosotros vemos piezas sueltas; Él está tejiendo toda la historia con sabiduría perfecta.

Por eso, aunque el corazón tiemble, la fe puede decir:

“Señor, si viene de Ti, enséñame a recibirlo con confianza.
Si Tú lo permites, dame gracia para atravesarlo.
Si Tú lo ordenas, ayúdame a creer que aun esto servirá para mi bien y para tu gloria.”

Romanos 8:28 no es una frase superficial para evitar el llanto. Es una roca para sostenernos mientras lloramos. No nos dice que todo será fácil, sino que nada será inútil en las manos de Dios. No nos promete que entenderemos todo ahora, sino que podemos confiar en Aquel que gobierna todo con amor perfecto.

Y la mayor prueba de esta verdad está en la cruz de Cristo.

Allí ocurrió el acto más injusto, doloroso y oscuro de la historia. El Hijo de Dios fue rechazado, humillado y crucificado. Los hombres actuaron con maldad. Satanás creyó haber triunfado. Los discípulos pensaron que todo había terminado.

Sin embargo, Dios estaba obrando salvación.

De la muerte de Cristo vino vida eterna.
De la aparente derrota vino victoria.
Del sufrimiento del Justo vino la justificación de los pecadores.
De la cruz vino nuestra reconciliación con Dios.

Si Dios sacó el mayor bien del mayor mal, también puede obrar bien en medio de nuestras aflicciones.

Por eso el creyente no está llamado a vivir en resignación amarga, sino en confianza humilde. No decimos: “No me importa lo que pase.” Decimos: “Me duele lo que pasa, pero confío en el Dios que gobierna lo que pasa.”

Esa es la diferencia entre fatalismo y fe.

El fatalismo se rinde ante una fuerza ciega.
La fe descansa en un Padre bueno.
El fatalismo dice: “No hay nada que hacer.”
La fe dice: “Mi Dios reina, y su propósito no fallará.”

Cuando las aguas se embravezcan, miremos a Cristo caminando sobre ellas. Cuando el temor quiera dominarnos, escuchemos su voz: “Yo soy, no temáis.” Cuando no entendamos el camino, recordemos que el Señor sí lo entiende. Y cuando parezca que todo está en contra, abracemos la promesa: “todas las cosas les ayudan a bien.”

Alma mía, descansa.

Dios no ha soltado el timón.
Su sabiduría no falla.
Su amor no cambia.
Su propósito no se frustra.
Su gracia no se agota.
Su mano no abandona a los suyos.

Todo lo que Él permita en tu vida, aunque ahora no lo comprendas, será usado para conformarte más a Cristo y llevarte finalmente a la gloria.

No siempre sabrás por qué vino la tormenta. Pero puedes saber quién gobierna la tormenta. No siempre entenderás el dolor. Pero puedes descansar en el Dios que tomó sobre sí nuestro dolor en la cruz. No siempre verás el bien de inmediato. Pero puedes confiar en que tu Padre está obrando para un bien más profundo, más santo y más eterno que el que ahora puedes imaginar.

Pensemos también en esto

Vivimos en una cultura que muchas veces solo puede explicar el sufrimiento como absurdo, mala suerte o fracaso. Cuando algo duele, muchos concluyen que la vida no tiene propósito o que Dios está ausente. Pero el evangelio nos da una visión más profunda: no vivimos bajo el azar, sino bajo la providencia de un Dios sabio y bueno.

La fe cristiana no niega el dolor, pero afirma que el dolor no tiene la última palabra. En Cristo, aun las pruebas más difíciles pueden ser gobernadas por Dios para producir bien eterno en sus hijos.

Nuestra esperanza no está en que todo sea fácil, sino en que Dios es fiel.
No está en entenderlo todo, sino en conocer al Dios que gobierna todo.
No está en la ausencia de tormentas, sino en la presencia de Cristo en medio de ellas.

Pregunta para pensar

¿Puedes confiar en que Dios está obrando para tu bien aun en aquello que hoy no logras entender?

Cita pastoral

“La fe no niega que las olas sean fuertes; descansa en que Cristo gobierna la nave aun en medio de la tormenta.”
— Pastor Julio Jiménez

Oración

Señor, gracias porque Tú gobiernas todas las cosas con sabiduría, amor y fidelidad. Perdóname cuando interpreto mis pruebas como si Tú hubieras perdido el control. Ayúdame a confiar en tu providencia, aun cuando no entienda tus caminos. Dame un corazón humilde para recibir lo que viene de tu mano y fe para creer que todo lo usarás para mi bien y para tu gloria. Enséñame a descansar en Cristo, sabiendo que tu propósito no falla. En el nombre de Jesús, amén.

Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.

08/04/2026

Let’s Think: “Cuanto más conocemos a Dios, más fuertes somos”
4 de agosto de 2026

Versículo enfocado

“Mas el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará.”
(Daniel 11:32, RVR60)

Reflexión

Pensemos por un momento en esta afirmación tan poderosa: “el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará.”

Daniel no está hablando de un conocimiento superficial. No se refiere a saber algunas ideas religiosas, repetir frases bíblicas o tener información general acerca de Dios. Está hablando de conocer a Dios de manera real, personal y transformadora.

Conocer a Dios es el conocimiento más alto, más necesario y más glorioso que el ser humano puede recibir. No hay ciencia más importante, no hay sabiduría más profunda, no hay descubrimiento más precioso que conocer al Dios vivo por medio de Jesucristo.

Y eso nos lleva a una pregunta importante:

¿Qué produce en nosotros el verdadero conocimiento de Dios?

Daniel nos da la respuesta: produce fortaleza y fidelidad. “El pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará.”

Esta frase aparece en un contexto de oposición, engaño y presión espiritual. Mientras algunos son seducidos por la mentira, el pueblo que conoce verdaderamente a Dios permanece firme. El conocimiento de Dios no produce pasividad, sino fortaleza. No produce frialdad, sino fidelidad. No produce orgullo, sino valentía humilde.

El conocimiento de Dios fortalece la fe.

Cuando conocemos quién es Dios, confiamos más en Él. Cuando entendemos su carácter, sus promesas, su fidelidad, su poder, su soberanía y su misericordia, nuestra fe encuentra terreno firme.

Muchas veces la fe se debilita porque nuestra visión de Dios se ha vuelto pequeña. Miramos demasiado el problema y poco al Señor. Miramos demasiado nuestras fuerzas y poco su poder. Miramos demasiado el peligro y poco sus promesas. Pero cuando la Palabra nos muestra la grandeza de Dios, el alma aprende a descansar.

Si Dios es fiel, puedo confiar.
Si Dios es soberano, puedo descansar.
Si Dios es sabio, puedo esperar.
Si Dios es misericordioso, puedo volver.
Si Dios es poderoso, puedo obedecer.

El conocimiento de Dios también fortalece el amor.

No podemos amar profundamente a un Cristo que apenas conocemos. Mientras más contemplamos su persona, su ternura, su santidad, su humildad, su paciencia, su sacrificio y su gracia, más arde el corazón en amor por Él.

El conocimiento verdadero no enfría el alma; la enciende.

Nos muestra la hermosura de Cristo, y al verlo, no podemos sino amarlo más. Si conocemos poco de lo que Cristo ha hecho por nosotros, nuestro amor será pequeño. Pero cuando consideramos que nos amó siendo pecadores, que llevó nuestra culpa, que derramó su sangre, que intercede por nosotros y que nos guardará hasta el fin, el corazón se rinde con gratitud.

Cuanto más conocemos su gracia, más deseamos vivir para su gloria.

El conocimiento de Dios también fortalece la esperanza.

Nadie espera con gozo lo que no conoce. Pero cuando la Palabra abre ante nuestros ojos la gloria venidera, la resurrección, la herencia eterna, la presencia de Cristo, el cielo nuevo y la tierra nueva, entonces la esperanza se levanta.

El conocimiento bíblico es como un telescopio espiritual. Nos permite mirar más allá del dolor presente y contemplar la gloria que será revelada. Nos recuerda que las pruebas de ahora no son el final de la historia. Nos muestra que Cristo viene, que la muerte será vencida, que las lágrimas serán enjugadas y que el pueblo de Dios estará para siempre con el Señor.

El conocimiento de Dios también fortalece la paciencia.

Si no conocemos la compasión de Cristo, nos desesperamos fácilmente en la prueba. Si no entendemos que nuestro Padre disciplina con amor, podemos interpretar toda aflicción como abandono. Si no conocemos su sabiduría, pensamos que sus demoras son descuido. Si no conocemos su fidelidad, tememos que sus promesas fallen.

Pero cuando conocemos su corazón, aprendemos a esperar.

Sabemos que sus caminos son sabios, aunque no siempre sean fáciles. Sabemos que su mano forma, corrige, sostiene y santifica. Sabemos que Él no desperdicia nuestras lágrimas. Sabemos que aun los valles están bajo su cuidado.

Por eso el creyente necesita crecer no solo en emoción espiritual, sino en conocimiento santo.

Necesitamos conocer mejor la Palabra.
Necesitamos meditar más en Cristo.
Necesitamos entender más profundamente el evangelio.
Necesitamos doctrina que alimente la adoración.
Necesitamos verdad que fortalezca la obediencia.
Necesitamos luz que nos ayude a caminar en medio de un mundo oscuro.

Pero también debemos cuidarnos de un peligro: conocer verdades acerca de Dios sin rendirnos al Dios de la verdad.

El conocimiento bíblico que no produce humildad, amor, obediencia y adoración no ha llegado correctamente al corazón. La meta no es saber más para sentirnos superiores. La meta es conocer más a Dios para amarle, confiar en Él y servirle con fidelidad.

La doctrina verdadera no infla el orgullo; dobla las rodillas.
No endurece el corazón; lo humilla delante de Dios.
No produce frialdad; enciende amor por Cristo.
No nos hace espectadores; nos llama a obedecer.

El Espíritu Santo es quien nos guía a toda verdad. Él abre nuestros ojos para ver la gloria de Cristo en las Escrituras. Él toma la verdad y la aplica al corazón. Él convierte el conocimiento en fe viva, amor ferviente, esperanza firme y paciencia perseverante.

Así que, alma mía, busca conocer más a tu Dios.

No te conformes con una fe superficial.
No vivas de rumores espirituales.
No te quedes con un conocimiento de segunda mano.
Abre la Palabra.
Mira a Cristo.
Medita en sus promesas.
Aprende sus caminos.
Contempla su cruz.
Recuerda su fidelidad.

Y mientras más lo conozcas, más fuerte serás para vivir, sufrir, obedecer y perseverar.

El pueblo que conoce a su Dios no se deja seducir fácilmente por la mentira. No se rinde ante la presión del mundo. No abandona la esperanza en medio de la prueba. Se esfuerza y actúa, no porque confía en sí mismo, sino porque conoce al Dios que lo sostiene.

Conocer a Dios no nos hace autosuficientes. Nos hace dependientes.
No nos hace arrogantes. Nos hace humildes.
No nos hace fríos. Nos hace fervientes.
No nos hace pasivos. Nos hace fieles.

Porque cuanto más conocemos a Dios, más descubrimos que Él es digno de toda nuestra confianza, todo nuestro amor, toda nuestra obediencia y toda nuestra adoración.

Pensemos también en esto

Vivimos en una época donde muchas personas separan el conocimiento de la vida espiritual. Algunos desprecian la doctrina como si fuera fría, y otros acumulan doctrina sin amor ni obediencia.

Pero la Biblia une ambas cosas: conocer verdaderamente a Dios transforma la vida.

El cristianismo no es ignorancia piadosa ni intelectualismo vacío. Es verdad revelada que lleva a comunión con Dios, amor por Cristo, firmeza en la fe y obediencia en medio de un mundo confuso.

Una fe sin verdad se vuelve débil y vulnerable. Pero una verdad sin amor se vuelve seca y orgullosa. El conocimiento bíblico sano nos lleva a adorar, confiar, obedecer y perseverar.

Pregunta para pensar

¿Estás creciendo en el conocimiento de Dios de una manera que fortalece tu fe, aumenta tu amor y sostiene tu obediencia?

Cita pastoral

“Conocer verdaderamente a Dios no llena la mente de orgullo; fortalece el alma para amar, obedecer y perseverar en Cristo.”
— Pastor Julio Jiménez

Oración

Señor, gracias porque te has dado a conocer en tu Palabra y de manera plena en Jesucristo. Perdóname por conformarme con un conocimiento superficial o por aprender verdades sin rendir mi corazón a Ti. Abre mis ojos por tu Espíritu para conocerte más, amar más a Cristo, confiar más en tus promesas y perseverar con paciencia en medio de las pruebas. Que el conocimiento de tu gloria fortalezca mi fe y haga mi vida más obediente y fructífera. En el nombre de Jesús, amén.

Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.

08/03/2026

Let’s Think: “El Cordero es nuestra lumbrera”
3 de agosto de 2026

Versículo enfocado

“La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.”
(Apocalipsis 21:23, RVR60)

Reflexión

Pensemos por un momento en esta escena gloriosa que Juan contempla en Apocalipsis: la ciudad celestial no tiene necesidad de sol ni de luna, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.

Allí no habrá noche.
No habrá sombra.
No habrá confusión.
No habrá oscuridad.
No habrá temor escondido en las tinieblas.

Todo será iluminado por la presencia gloriosa de Cristo.

La Biblia usa la luz como símbolo de gozo, belleza, conocimiento y manifestación. Y todas estas cosas encuentran su plenitud en Jesús. El cielo no será glorioso simplemente porque no habrá dolor, ni muerte, ni lágrimas. Será glorioso porque Cristo estará allí, y Él será la luz, el centro y el deleite eterno de su pueblo.

Pensemos en esto con calma:

El gozo del cielo será Cristo.

Los redimidos podrán decir: “Estamos aquí porque Él nos eligió, nos amó, nos compró, nos limpió, nos vistió, nos guardó y nos glorificó.” Cada mirada al Cordero será una nueva razón para adorar. Cada recuerdo de su gracia será como un racimo dulce de la tierra prometida. Cada pensamiento de su amor llenará el alma de alegría perfecta.

Aquí nuestro gozo muchas veces está mezclado con lágrimas. Aun en los mejores días, sentimos cansancio, lucha, distracción y debilidad. Pero allí el gozo será puro, pleno y eterno, porque veremos al Cordero sin velo.

La luz también es el fundamento de la belleza.

Sin luz, la perla no resplandece y el zafiro no muestra su brillo. Así también, toda la belleza de los santos procede de Cristo. Ningún redimido tendrá gloria propia separada de Él. Seremos hermosos porque reflejaremos su hermosura. Brillaremos porque estaremos bajo la luz del Sol de Justicia.

En esta vida, todavía vemos manchas, debilidades, luchas, pecados y contradicciones en nosotros. A veces nos duele ver cuánto nos falta para parecernos a Cristo. A veces sentimos la carga de nuestra fragilidad espiritual. Pero en aquel día, la obra de Cristo será completada.

La Iglesia será presentada gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante. Los que aquí fueron débiles, quebrantados y despreciados, allí resplandecerán con la gloria que Cristo les compartirá por gracia.

La luz también representa conocimiento.

Aquí muchas veces no entendemos los caminos de Dios. Hay providencias que nos parecen oscuras. Hay respuestas que no llegan. Hay sufrimientos que no sabemos explicar. Hay momentos en que preguntamos: “Señor, ¿por qué?” Hay capítulos de nuestra historia que ahora parecen escritos con tinta de misterio.

Pero en la luz del Cordero entenderemos lo que ahora solo podemos confiar.

Allí veremos que Dios nunca se equivocó.
Veremos que sus caminos fueron sabios, aunque muchas veces fueron misteriosos.
Veremos que su amor estuvo presente aun en los valles.
Veremos que sus propósitos fueron santos, aun cuando nuestro entendimiento era limitado.
Veremos que ninguna lágrima de sus hijos fue ignorada.

Lo que ahora nos confunde será aclarado bajo la luz de Cristo.

La luz también manifiesta.

Juan dice que todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser. En este mundo, el pueblo de Dios muchas veces está escondido. Sus lágrimas no son vistas. Sus luchas no son comprendidas. Su fidelidad pasa desapercibida. Su verdadera identidad está cubierta por debilidad, humillación y sufrimiento.

Pero cuando Cristo se manifieste, también nosotros seremos manifestados con Él en gloria.

El Cordero tocará a su pueblo con la plenitud de su amor y lo transformará completamente a su imagen. Lo mortal será vestido de inmortalidad. Lo corruptible será vestido de incorrupción. Lo débil será levantado en poder. Lo manchado será presentado limpio por la sangre del Cordero.

Todo esto procede de Jesús.

Él será la luz del cielo.
Él será el gozo del cielo.
Él será la hermosura del cielo.
Él será el conocimiento del cielo.
Él será la gloria del cielo.

El cielo no será cielo sin Cristo.

Las calles de oro, las puertas de perla y el río de agua de vida serán maravillosos, pero la mayor gloria será ver al Cordero. El mayor deleite no será simplemente el lugar, sino la Persona. No será solamente estar libres del dolor, sino estar para siempre con Cristo.

Por eso, el creyente no debe vivir solamente esperando un lugar mejor, sino anhelando a una Persona gloriosa. Nuestra esperanza no es simplemente escapar del sufrimiento; nuestra esperanza es estar con Cristo, verlo como Él es, adorarlo sin pecado y disfrutar para siempre de su presencia.

Alma mía, mira hoy al Cordero.

Si ahora atraviesas oscuridad, recuerda que viene el día cuando Él será tu luz sin ocaso.
Si ahora no entiendes sus caminos, confía en que un día todo será claro bajo su gloria.
Si ahora te sientes débil y manchado, recuerda que Cristo completará su obra en ti.
Si ahora tu gozo parece pequeño, recuerda que viene una alegría que nunca se apagará.

El Cordero que murió por ti será la lumbrera eterna de tu alma.

Y aun ahora, antes de llegar a la ciudad celestial, Cristo ya ilumina nuestro camino. Su Palabra alumbra nuestros pasos. Su gracia disipa nuestra culpa. Su Espíritu abre nuestros ojos. Su evangelio nos saca de las tinieblas a su luz admirable.

Caminemos hoy bajo esa luz, esperando el día en que ya no habrá sombras, porque el Cordero será nuestra lumbrera para siempre.

Pensemos también en esto

Vivimos en un mundo que busca luz en el conocimiento humano, el progreso, la tecnología, el éxito y la autosuficiencia. Pero aun con todos sus avances, el corazón humano sigue necesitando una luz que no puede producir por sí mismo.

La fe cristiana proclama que esa luz está en Cristo.

Él no solo nos da información; nos da vida, verdad, perdón y esperanza eterna. Sin el Cordero, toda gloria humana termina apagándose. Con Él, aun la eternidad será iluminada.

El mundo puede ofrecer luces temporales, pero solo Cristo es la lumbrera eterna del alma. Todo lo demás se oscurece con el tiempo. Cristo permanece.

Pregunta para pensar

¿Estás buscando tu luz en cosas pasajeras, o estás descansando en Cristo, el Cordero que ilumina eternamente a su pueblo?

Cita pastoral

“El cielo será glorioso no solo por lo que allí no habrá, sino por Aquel que estará allí: Cristo, el Cordero, nuestra lumbrera eterna.”
— Pastor Julio Jiménez

Oración

Señor Jesús, Cordero de Dios, gracias porque Tú eres la luz de mi alma y serás la lumbrera eterna de tu pueblo. Perdóname cuando busco claridad, belleza, gozo y esperanza lejos de Ti. Ayúdame a caminar hoy bajo tu luz, confiando aun cuando no entiendo tus caminos. Gracias porque un día veré tu gloria sin velo, comprenderé tu providencia y seré transformado completamente a tu imagen. Que mi corazón viva esperando ese día y adorándote desde ahora. En tu nombre, amén.

Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.

08/01/2026

Let’s Think: “Espigando las preciosas promesas”
1 de agosto de 2026

Versículo enfocado

“Y Rut la moabita dijo a Noemí: Te ruego que me dejes ir al campo, y recogeré espigas en pos de aquel a cuyos ojos hallare gracia. Y ella le respondió: Ve, hija mía.”
(Rut 2:2, RVR60)

Reflexión

Pensemos por un momento en Rut saliendo al campo a recoger espigas.

No era dueña del terreno. No tenía riquezas. No tenía grandes recursos. Era una viuda extranjera, necesitada y vulnerable. Humanamente hablando, su situación era frágil. Pero en el campo de Booz encontró provisión, favor y gracia.

Y esta imagen nos habla profundamente del creyente abatido.

Hay días en que el alma se siente pobre.
Días en que nos sentimos cansados.
Días en que venimos turbados, débiles y sin fuerzas.
Días en que no nos presentamos como gigantes espirituales, sino como necesitados que apenas pueden recoger una espiga de consuelo.

Pero el campo de nuestro Señor está lleno de promesas preciosas.

Cristiano cansado, ven hoy al amplio campo de la Palabra. Allí hay promesas para tu debilidad, para tu culpa, para tu temor, para tu cansancio, para tus lágrimas y para tu necesidad de esperanza. Dios no dejó a su pueblo sin alimento. En su Palabra hay manojos de gracia puestos al alcance del alma hambrienta.

Recoge esta espiga:

“La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humeare no apagará.”

Quizás te sientes como una caña cascada: débil, doblada, herida, sin fuerza ni música. Quizás te sientes como un pábilo que humea: con poca luz, poco calor, poca vitalidad espiritual.

Pero Cristo no desprecia al débil. Él no quebrará la caña cascada. Él no apagará el pábilo que apenas humea. Al contrario, puede restaurar lo quebrado y soplar con misericordia hasta encender nuevamente la llama.

Recoge otra espiga:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”

Qué palabras tan dulces del Salvador. Él no dice: “Vengan solo los fuertes.” No dice: “Vengan cuando ya hayan resuelto sus cargas.” No dice: “Vengan cuando ya no estén cansados.” Él llama precisamente a los trabajados y cargados.

Llama al alma agotada.
Llama al corazón oprimido.
Llama al pecador cansado de sí mismo.
Llama al creyente que necesita descanso.

Recoge también esta promesa:

“No temas.”

Cuántas veces repite Dios esas palabras a los suyos. No temas, porque yo estoy contigo. No temas, porque yo te ayudo. No temas, porque yo soy tu Redentor. El miedo crece cuando miramos nuestras fuerzas, pero se debilita cuando miramos la fidelidad de Dios.

El Señor no llama valientes a los suyos porque no tiemblan, sino porque Él mismo se compromete a sostenerlos.

Recoge otra espiga de perdón:

“Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados.”

Qué imagen tan hermosa. Así como una nube se desvanece delante del sol, así Dios borra las rebeliones de su pueblo por medio de Cristo. El pecado que nos acusaba no es más fuerte que la sangre del Salvador. La culpa que parecía cubrir el cielo del alma puede ser disipada por la gracia de Dios.

Recoge también esta:

“Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos.”

El evangelio no ofrece una limpieza superficial. Cristo no cubre el pecado con apariencias religiosas; lo lava con su sangre. No importa cuán profunda sea la mancha, la gracia de Dios es más profunda todavía. No importa cuán roja sea la culpa, Cristo puede hacerla blanca como la nieve.

Y si tu alma tiene sed, recoge esta espiga final:

“El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.”

El Señor no vende su gracia al mejor postor. No la reserva para los que pueden pagar con méritos. El agua de vida es de balde porque Cristo ya pagó el precio. El sediento no necesita traer dinero espiritual, solo venir con su necesidad y beber por fe.

Pensemos en esto con calma:

El campo de nuestro Maestro es muy rico.

Hay promesas para cada etapa del camino.
Promesas para el creyente débil.
Promesas para el arrepentido.
Promesas para el que teme.
Promesas para el que espera.
Promesas para el que llora.
Promesas para el que lucha.
Promesas para el que se siente indigno.

Pero no basta ver las espigas; hay que recogerlas.

No basta leer las promesas; hay que apropiarlas por fe. No basta saber que existen; hay que llevarlas al corazón, meditarlas, orarlas y alimentarse de ellas. Una promesa leída ligeramente puede animar por un momento, pero una promesa meditada delante de Dios puede sostener el alma en el día malo.

Rut recogía espigas con humildad, pero no sabía que detrás de aquella provisión estaba la bondad de Booz.

Así también nosotros venimos a la Palabra necesitados, y detrás de cada promesa encontramos el favor de nuestro Redentor. Cristo es nuestro verdadero Booz. Él nos recibe en su campo, nos cubre con su gracia, nos alimenta con su Palabra y nos hace parte de su pueblo.

Qué gracia tan hermosa.

Nosotros venimos pobres, pero Él nos recibe.
Venimos necesitados, pero Él nos alimenta.
Venimos extranjeros por naturaleza, pero Él nos hace familia.
Venimos con manos vacías, pero Él llena nuestras manos de promesas.

Así que, alma abatida, no te quedes lejos del campo.

Ven a la Palabra.
Inclínate y recoge.
Toma una promesa.
Desgránala con la meditación.
Guárdala en el corazón.
Ora sobre ella.
Descansa en ella.

Y recuerda que cada promesa de Dios encuentra su “sí” y su “amén” en Cristo Jesús.

No temas; cree solamente. El campo está abierto. Las espigas están delante de ti. Y el Señor de la cosecha te invita a alimentarte de su gracia.

Pensemos también en esto

Vivimos en una época donde muchas personas buscan ánimo en frases motivacionales, pensamientos positivos o seguridad emocional fabricada. Pero las promesas bíblicas son diferentes. No descansan en optimismo humano, sino en el carácter fiel de Dios y en la obra consumada de Cristo.

La esperanza cristiana no dice: “Todo saldrá como tú deseas.” Dice algo mucho más firme: “Dios será fiel, Cristo es suficiente y su gracia sostendrá a los suyos.”

Por eso el creyente no se alimenta de ilusiones, sino de promesas firmes. No se sostiene en frases vacías, sino en la Palabra del Dios que no miente. No descansa en su ánimo cambiante, sino en el Redentor que permanece fiel.

Pregunta para pensar

¿Qué promesa de Dios necesitas recoger hoy y llevarla al corazón en oración y fe?

Cita pastoral

“El alma abatida no necesita fabricar esperanza; necesita espigar en el campo abundante de las promesas de Dios.”
— Pastor Julio Jiménez

Oración

Señor, gracias porque tu Palabra está llena de promesas preciosas para mi alma. Perdóname por buscar consuelo en otras fuentes antes de venir a Ti. Hoy vengo como Rut al campo de tu gracia, necesitado, débil y hambriento. Ayúdame a recoger tus promesas, meditarlas, creerlas y alimentarme de ellas. Restaura mi corazón cuando esté quebrado, enciende mi fe cuando apenas humee y llévame a descansar en Cristo, mi Redentor. En el nombre de Jesús, amén.

Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.

07/31/2026

Let’s Think: “En continua comunión con Cristo”
31 de julio de 2026

Versículo enfocado

“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.”
(Juan 17:23, RVR60)

Reflexión

Pensemos por un momento en esta expresión gloriosa de Jesús: “Yo en ellos.”

No hay palabras pequeñas cuando salen de los labios del Salvador. Pero estas palabras tienen una profundidad que debe llenar de asombro al creyente. Cristo no solo está a favor de nosotros. Cristo no solo intercede por nosotros. Cristo no solo reina sobre nosotros. Cristo habita en nosotros por su Espíritu.

“Yo en ellos.”

Esta es una unión profunda, misteriosa y gloriosa. No se trata solamente de admirar a Cristo desde lejos, ni de recordarlo como un personaje del pasado, ni de hablar de Él como una doctrina correcta. Se trata de vivir en comunión real con el Salvador vivo.

Y eso nos lleva a una pregunta importante:

¿Estamos viviendo cerca de Aquel que ha venido a morar en nosotros?

Si Cristo habita en su pueblo, entonces la comunión con Él no es un privilegio lejano, difícil o reservado para unos pocos. Es una puerta abierta. Es una invitación constante. Es una fuente cercana. El creyente no tiene que cruzar mares tormentosos para llegar a Jesús. Por su Espíritu, Cristo ha venido a morar en el corazón de los suyos.

Qué necios somos cuando vivimos lejos de Aquel que está tan cerca.

Si el camino hacia Cristo fuera largo, oscuro y peligroso, podríamos entender que algunas almas se desanimaran. Pero Él ha abierto el camino. Él rasgó el velo. Él nos dio acceso al Padre. Él nos dejó su Palabra. Él nos dio su Espíritu. Él está cerca del corazón que lo busca con fe.

La comunión con Cristo no es como un pequeño hilo de agua apenas corriendo por una grieta estrecha. Es como un río amplio y profundo de gracia.

En Él hay perdón para el culpable.
Descanso para el cansado.
Dirección para el confundido.
Fuerza para el débil.
Consuelo para el afligido.
Gozo para el alma sedienta.

Y, sin embargo, muchas veces vivimos como si esa fuente estuviera cerrada.

Nos ocupamos en tantas cosas. Corremos de un lado a otro. Cargamos preocupaciones. Respondemos mensajes. Atendemos responsabilidades. Pensamos en mil asuntos. Pero descuidamos sentarnos a los pies de Cristo.

Él está cerca, pero nosotros vivimos distraídos.
Él habla por su Palabra, pero nosotros no escuchamos.
Él invita a la comunión, pero nosotros elegimos la prisa.
Él ofrece descanso, pero nosotros seguimos cargando solos.

La imagen que Spurgeon usa es hermosa: si una esposa tiene a su esposo lejos, puede pasar días sin hablar con él; pero si él está en la misma casa, ¿cómo vivir separada de él?

Así también el creyente.

Cristo no es un visitante ocasional en la vida cristiana. Él no está lejos, esperando que lo alcancemos por nuestros méritos. Él mora en nosotros por su Espíritu. Entonces, ¿por qué vivir como extraños? ¿Por qué tratar como distante al Salvador que ha prometido estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo?

La comunión con Cristo debe ser continua, no simplemente ocasional.

No solo cuando estamos en crisis.
No solo cuando necesitamos una respuesta urgente.
No solo el domingo.
No solo cuando sentimos emoción espiritual.
No solo cuando la vida se vuelve difícil.

Cada día, en medio de la vida común, podemos volver el corazón a Él. Podemos hablarle en oración. Podemos escucharlo en su Palabra. Podemos descansar en su amor. Podemos depender de su gracia. Podemos caminar conscientes de su presencia.

Y esta comunión no se basa en que seamos dignos, sino en que Él nos ha unido a sí mismo.

Cristo nos compró con su sangre.
Nos hizo suyos.
Nos limpió.
Nos dio vida.
Nos llamó amigos, hermanos, miembros de su cuerpo y ovejas de su rebaño.

Por eso podemos acercarnos con confianza humilde.

No venimos a Cristo porque hemos tenido un buen día espiritual. Venimos porque Él es nuestra vida. No venimos porque nuestras oraciones sean perfectas. Venimos porque Él es nuestro Mediador. No venimos porque nuestro corazón esté siempre encendido. Venimos porque necesitamos que Él avive nuestro corazón.

“Yo en ellos.”

Estas palabras también nos recuerdan que la vida cristiana no se vive en nuestras propias fuerzas. Cristo en nosotros es la esperanza de gloria. Él es la vida que sostiene nuestra vida. Él es la fuente de nuestro fruto. Él es quien forma en nosotros amor, paciencia, humildad, obediencia y perseverancia.

Separados de Él nada podemos hacer.

Podemos tener actividad religiosa sin comunión.
Podemos tener palabras correctas sin dependencia.
Podemos tener servicio visible sin fuego interior.
Podemos tener conocimiento bíblico sin cercanía con Cristo.

Pero el fruto verdadero nace de permanecer en Él.

Por eso, alma mía, busca al Señor, pues está cerca. No dejes que la rutina apague tu comunión. No permitas que el ruido del mundo ahogue su voz. No vivas como si Cristo estuviera lejos cuando Él ha prometido morar en los suyos.

Si Cristo está en ti, vive cerca de Él.

Si Él abrió la puerta, entra.
Si Él preparó banquete de amor, siéntate a su mesa.
Si Él es tu hermano, abrázalo por la fe.
Si Él es tu esposo celestial, aférrate a su amor.
Si Él es tu vida, no intentes vivir un solo día sin comunión con Él.

Qué gracia tan grande: no somos llamados a una religión fría, sino a una comunión viva. No somos invitados a una relación distante, sino a caminar con Cristo. No somos sostenidos por nuestras fuerzas, sino por la vida del Hijo de Dios obrando en nosotros.

Y esta comunión con Cristo también debe reflejarse en nuestra comunión unos con otros. En Juan 17, Jesús ora por la unidad de los suyos. La unión con Cristo produce una unidad espiritual entre los creyentes. Si Cristo habita en nosotros, no podemos vivir alimentando orgullo, división, indiferencia o dureza hacia sus hijos.

La comunión vertical con Cristo debe producir amor horizontal hacia su pueblo.

El creyente que vive cerca de Cristo aprende a amar más, perdonar más, servir mejor, soportar con paciencia y buscar la unidad que glorifica al Padre. La presencia de Cristo en nosotros no es una idea abstracta; debe hacerse visible en una vida transformada.

Así que volvamos hoy a Cristo.

Volvamos a su Palabra.
Volvamos a la oración.
Volvamos al secreto con Dios.
Volvamos al gozo de depender de Él.
Volvamos a la comunión que el ruido, la prisa y el pecado quieren robarnos.

Cristo está cerca. Cristo habita en los suyos. Cristo sostiene a su pueblo. Cristo es suficiente.

Pensemos también en esto

Vivimos en una época donde muchos entienden la religión como una tradición externa, una identidad cultural o una práctica ocasional. Para muchos, la fe es algo que se visita de vez en cuando, algo que se menciona en ciertos momentos, algo que se practica cuando conviene o cuando hay necesidad.

Pero el cristianismo bíblico es mucho más profundo: es unión viva con Cristo.

La fe cristiana no consiste solo en reglas, ritos o ideas. Consiste en una comunión real con el Hijo de Dios, quien habita en su pueblo por el Espíritu Santo.

En un mundo lleno de soledad, ruido y superficialidad, el evangelio nos ofrece la cercanía del Salvador vivo. No caminamos solos. No oramos al vacío. No servimos en nuestras fuerzas. Cristo está con nosotros y en nosotros por su Espíritu.

Pregunta para pensar

¿Estás viviendo en comunión diaria con Cristo, o estás tratando como distante a Aquel que ha venido a morar en ti?

Cita pastoral

“La comunión con Cristo no es un privilegio lejano; es la vida diaria del creyente que sabe que su Salvador habita en él.”
— Pastor Julio Jiménez

Oración

Señor Jesús, gracias porque no estás lejos de los tuyos, sino que habitas en nosotros por tu Espíritu. Perdóname por las veces que vivo distraído, ocupado o frío, como si tu comunión no fuera mi mayor necesidad. Enséñame a buscarte cada día, a escucharte en tu Palabra, a hablar contigo en oración y a descansar en tu amor. Que mi vida sea sostenida por tu presencia y que mi corazón permanezca cerca de Ti. En tu nombre, amén.

Fuente tomada de Devocionales Matinales de Charles Spurgeon.

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