Julio Cesar Rivas Castillo
Presidente JAVU | Lindebrække Human Rights Prize Norway 2011 | Diputado 2012/2018 | Proyecto Venezuela | CCS-PHL-VLN-MIA
08/25/2026
24 de junio. Hoy se cumplen dos meses de la tragedia que nos estremeció el alma. En medio del caos, quienes estuvimos en labores de rescate aprendimos una regla tan dura como sagrada: primero había que obligar a hacer silencio, para luego gritar con el pecho abierto: “Somos búsqueda y rescate. Si hay alguien con vida, grite o haga algún sonido”. Y enseguida, volver a callar para intentar escuchar. Porque una sola señal, por débil que fuera, marcaba el lugar exacto donde debíamos volcar todas las fuerzas para salvar una vida. Las que se perdieron ese día no tienen reemplazo en el dolor infinito de las decenas de miles de familias que hoy lloran a los suyos.
Pero nuestra verdadera tragedia no comenzó aquel día; el terremoto solo golpeó con más brutalidad a un país que ya venía derrumbándose por pedazos tras más de dos décadas de dictadura. Hay millones de venezolanos que llevan años atrapados bajo los escombros invisibles de una realidad asfixiante, resistiendo en silencio a una estructura que los ha mantenido asfixiados y a quienes se les ha negado hasta el derecho de hablar. El sismo de aquella jornada no hizo más que desnudar, de la forma más cruel, el abandono al que nos han sometido.
Y tal cual pasaba entre las ruinas, hoy la historia se repite: sobran los asomados que solo hacen ruido, que estorban, opinan y se marchan sin haberse ensuciado las manos ni una sola vez. Venezuela ya no soporta la bulla inútil de quienes viven del teatro mientras el país agoniza; lo que necesitamos es detener el caos, callar a los farsantes y abrir espacio para la voz de las víctimas. Hay que escuchar. Hay que escuchar de verdad. Porque solo cuando una sociedad aprende a oír el dolor de los suyos y a mirar hacia los escombros, empieza a encontrar el camino para rescatarse.
Julio César Rivas
08/19/2026
Hay momentos donde la dignidad de la gente se levanta con una fuerza imparable. Hoy 19 de agosto, Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, no puedo evitar volver a la Guaira. Estuve allí. Vi el dolor de cerca, pero también presencié lo que pasa cuando una comunidad entera decide no dejar caer a los suyos.
Lo que viví fue la prueba viva de la solidaridad humana. Tengo grabado el rugir de la caravana de motorizados sorteando alcabalas para entregar insumos. Recuerdo a vecinos que, con sus propias casas hechas escombros a la espalda, se sumaron sin dudar al rescate de otros. Y nunca olvidaré a esos jóvenes venezolanos que viajaron miles de kilómetros, aun con lo justo, para servir como paramédicos, rescatistas y veterinarios en el momento más crítico.
Entre la emergencia y el polvo, la respuesta real no vino desde arriba: nació de la gente.
Esta tragedia deja una lección urgente para gobiernos y organismos multilaterales: hay que escuchar a la organización ciudadana. Vimos la desconexión de entregar comida cruda a familias en carpas sin dónde cocinar, botellitas de agua que duraban un suspiro bajo el sol de la costa, y frágiles tiendas de plástico que no resistían una lluvia, reviviendo el trauma de la pérdida en quienes ya lo habían entregado todo.
Quienes pisan el terreno tienen las soluciones reales. Sabiduría práctica: coordinar alimentos con las casas que aún tienen cocina; sustituir la compra ineficiente de botellitas por tanques y camiones cisterna; y colocar las carpas bajo techos protectores para dar un refugio digno.
Haber estado allí y poner mi granito de arena me cambió la perspectiva. Escuchar a la comunidad no es solo optimizar recursos: es un acto de justicia que honra la valentía y la dignidad de un pueblo que sabe cuidarse a sí mismo.
Julio César Rivas
Afuera todo el mundo va corriendo, ahogándose en su propio vaso, pero yo voy a otro tiempo. Me pego a la ventanilla, veo la ciudad rodar en cámara lenta y sostengo la mirada a la vida mientras bad bunny retumba en mis audífonos. Al final, sentirse vivo es exactamente eso: perderle el miedo a lo que viene y aprender a disfrutar la carretera, aunque no tengas ni la más mínima idea de dónde vas a parar.
Julio César Rivas
08/16/2026
Aunque con todo lo feo que pasa a veces uno piense que Dios nos dio la espalda, la verdad es que en las peores peleas es cuando más sentimos el respaldo. Aferrarse a Él no es hacerse el ciego con los problemas, es sacar la garra para no dejarse tumbar y entender que si hoy seguimos de pie, es porque hay una fuerza más grande dándonos el empujón. Nadie la tiene fácil, pero salir adelante también es parte del proceso.
Por eso hoy la vuelta no es quedarse lamentándose, sino echarle pichón y aplicar lo que Jesús nos enseñó: querer al otro de verdad y estar ahí en las malas. Ese es el verdadero aguante de una gente que no se rinde, que demuestra la fe con hechos, echando una mano y tirando para adelante juntos. Creer en Dios es moverse, es actuar, y mientras sigamos apoyándonos entre nosotros, nadie nos va a quitar la esperanza.
Julio César Rivas
Colombianos, ver la tierra sacudirse y edificios desplomarse en segundos nos deja con el corazón en la mano; los venezolanos sentimos esa misma angustia compenetrada en el alma, unidos en un solo dolor por la incertidumbre que hoy sobrecoge a tantas familias. En medio de este escenario tan trágico, elevamos nuestras oraciones a Dios con fe profunda, clamando por fortaleza para quienes lo han perdido todo y pidiéndole que guíe con precisión y rapidez la labor de los rescatistas, para que cada acción urgente logre arrebatarle vidas a los escombros y devolverle la esperanza a los hogares. No están solos en esta noche oscura: nos abraza la solidaridad, nos sostiene la oración y confiamos plenamente en que, con la ayuda divina y la unión de todos, Colombia saldrá adelante de esta dura prueba.
Julio César Rivas
Cruzar la frontera y recorrer cada kilómetro de carretera hasta Valencia, y de allí a Caracas y a La Guaira, fue un proceso profundamente personal, de reconexión directa con la realidad de nuestra gente. Mientras algunos prefieren el espectáculo y las cámaras para simular una devoción que no existe, la verdadera reconexión con Venezuela ocurre en el silencio del camino, con la mirada atenta y el corazón puesto en la causa. La legitimidad de volver no la da un comité de bienvenida ni un show montado, sino el compromiso real con cada rincón de este suelo.
Caminar nuevamente por nuestras calles fue volver a la raíz de la lucha. Sé que para muchos hoy puedo ser un rostro desconocido o apenas un recuerdo, pero el amor por Venezuela no exige reconocimientos para mantenerse intacto. Ese afecto por los nuestros es la fuerza motriz que nos impulsa a seguir, lejos de la vanidad y enfocados en lo que verdaderamente importa: servir y estar presentes donde la necesidad apremia.
Este primer regreso estuvo volcado a la urgencia, pero apenas marca el inicio de una gesta mayor. La reconstrucción del país exige autenticidad, coraje y trabajo constante, no simulaciones para la pantalla. Que no quepan dudas del objetivo: el circo que se quede con sus payasos, porque a nosotros nos toca asumir la tarea seria. Ahora es cuando nos queda carretera por rodar, camino por andar y un futuro entero por conquistar.
Julio César Rivas
08/03/2026
Creo que es un síndrome invisible, una marca en la piel que nos queda a todos los que nos involucramos en La Guaira: la invasión constante de los sueños raros. Los míos empezaron apenas regresé al lugar donde están mis hijos y me espera el día a día. Al principio creí que recuperar el sueño corrido me traería paz, pero solo abrió la puerta a una dimensión extraña donde no hay descanso: me duermo en la seguridad de mi hogar y despierto sofocado, sintiendo el olor que no se borra, escuchando los ecos de los gritos y viendo ese amasijo de concreto y metal grabado a fuego en mi cabeza. Trabajar duro no los apaga; incluso flotando en el mar en una tarde de lluvia gris, esos sueños me alcanzan para recordarme la culpa de estar a salvo mientras allá el desastre sigue sangrando.
Pero si mis sueños a la distancia me queman el alma, los sueños raros de los que se quedaron allá son una batalla que se vive con los ojos abiertos. Ellos duermen sobre la misma tierra que les arrebató todo. Sus sueños no son fantasías; son búsquedas desesperadas bajo la ruina mientras dormitan exhaustos, con las manos agrietadas y el alma en pedazos, intentando descifrar cómo carajo se vuelve a la normalidad cuando un terremoto te partió la existencia en mil pedazos. Son miles los que hoy intentan reconstruir la vida entre el polvo, buscando la fuerza para levantarse un día más entre el dolor y la incertidumbre.
¿Cómo volvemos entonces a la normalidad conviviendo con estos sueños? Entendiendo que la respuesta no es olvidar ni pretender que nada pasó. Mis sueños raros acá deben ser el motor que me impida caer en la apatía, el recordatorio diario para transformar la impotencia en ayuda real, mientras que para ellos son la prueba viva de que siguen de pie. Nos toca aprender a sostener el dolor en una mano mientras con la otra se vuelve a levantar la vida. Entiendo que no hay marcha atrás: aprender a convivir con mis sueños y dividir mi tiempo presente entre la tierra que me vio nacer y la que hoy me acoge, será de ahora en adelante mi realidad en acción.
📝Julio César Rivas 📷Anthony Rosales
En mi regreso a Venezuela, tras casi nueve años de exilio, el tiempo no alcanzó para todo lo personal que quería hacer... Sin embargo, apretar en un solo día el encuentro con mis primos, mi primera salida con la princesa Carlota, la recolección de insumos, ver a los javucianos de Aragua (Gilberto y Juan), ponerme al día con mis compañeros de partido Ángel y Arturo, abrazar a mi hermano Yusty y, aun así, llegar a tiempo para ver caer la tarde en Patanemo, demuestra perfectamente cómo soy cuando se trata de exprimir cada segundo de la vida.
Aquí no les dejo la ruta entera, solo un poco del atardecer en Patanemo... no se imaginan cuánto extrañaba ese mar y esa luz.
07/31/2026
Hay personas que durante días se han echado montañas de escombros al hombro. Al principio buscando vidas… después, buscando darle a una familia la oportunidad de despedirse de los suyos. No fue su obligación. No cobraban por hacerlo. Simplemente entendieron que había un país sufriendo y decidieron estar donde más hacía falta.
Después de tanto politiqueo. Después de tantos conflictos. Después de tantos años de saqueo, abandono y promesas incumplidas… de algo sí estoy completamente seguro: Venezuela sigue teniendo gente extraordinaria. Gente que no pregunta por colores políticos, ni por apellidos, ni por intereses. Gente que simplemente hace lo correcto cuando nadie más da un paso al frente.
¿A quién convocaría para reconstruir Venezuela? A ellos. Con ellos quiero asumir ese reto. Porque quien fue capaz de cargar toneladas de escombros para rescatar una vida o darle paz a una familia, también será capaz de levantar escuelas, hospitales, carreteras y comunidades enteras. La reconstrucción de Venezuela no dependerá de los que más hablaron, sino de los que ya demostraron, con sus manos y con su ejemplo, que aman a este país de verdad.
📝Julio César Rivas 📷Anthony Rosales
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